9.12.25

¿Naces o te haces?

La pregunta del millón. La que nos hacemos siempre. La que la gente evita preguntar para no parecer ignorante. ¿Naces o te haces? Ni lo uno ni lo otro. Decides. En algún momento de la vida tomas la decisión de amar a alguien. Así como decides casarte, tener hijos, trabajar, hacerte adulta, aprender un idioma. También decides amar a una mujer en lugar de a un hombre. No es genético ni social ni cultural, tampoco aprendido. Es la posibilidad que tenemos de decidir por nosotras mismas. Decidir por una misma siempre es un lujo porque nos han enseñado a sacrificarnos por lo otro: la familia, el trabajo, la sociedad. Yo nunca lo tuve claro hasta que me enamoré por primera vez de una mujer y no estuve convencida hasta que me casé. La gente puede decir que desde niña se me notaba. Pero ¿qué se me notaba? Me he preguntado. Era niña. Me gustaba jugar en la calle con mis amigos. No sabía de amor, solo de amistad. ¿Por qué la amistad también se condiciona? El disfrute, el goce, el juego están prohibidos cuando compartes tu infancia con los hombres. De adultas, cuando nos preguntan si no nos habíamos dado cuenta de que nos gustaban las mujeres, nos justificamos frente a los demás; claro, era mi amiga, pero desde entonces me gustaba estar con ella. Nos justificamos para que nos crean, nos acepten, nos respeten. A mí me gustaba mi amigo de la infancia. Y la niña que me invitaba a pasar su cumpleaños en su casa. ¿Tenía que decidir mi orientación desde los siete años? Estaba obligada a decirle a la gente que me gustaban las mujeres porque usaba jeans y jugaba fútbol. Tenía siete años y no, no sabía de amor, solo de amistad. Pero la amistad también se generifica en binomios. Si eres niña, tienes amigas, te vistes de rosa, usas vestidos, no te ensucias, esperas que el amor llegue a tu puerta. Y si no quieres enamorarte todavía, solo quieres andar en bicicleta con tus amigos. La sociedad nos obliga a sentir deseo antes de tiempo. Mejor que salga embarazada a que sea marimacha. Consuelo. Decidir es tomar postura, hacerte cargo de tus acciones, responsabilizarte. Pero tampoco nos enseñan, incluso nos da miedo decidir y preferimos que decidan por nosotras. Desde niña se le notaba. ¿Qué se me notaba? Que fui libre, que disfruté mi infancia, que aprendí a rebelarme contra una sociedad obtusa que prefiere matizar la violencia de género, guardar silencio, señalar la diferencia, a disfrutar, gozar, jugar y decidir. Entonces, ni naces ni te haces, decides por ti misma. Decides por un proyecto de vida, decides por tu bienestar, por tu futuro, por tu presente, por amar sin condición ni por condicionarte a ser amada. Decides amar a una mujer, con etiqueta o sin ella, porque el acto de amar, en sí mismo, consiste en tomar postura. Una postura política, una práctica de libertad, dignidad y justicia, especialmente cuando el amor ha sido precarizado por el deber ser heteronormado. Ser lesbiana es una ontología del género, no una construcción social, mucho menos una determinación biológica.