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24.2.23

¿Cómo tomar el siglo que me está tocando vivir?

Mi madre cuenta una anécdota que ejemplifica muy bien la literalidad con que siempre me he tomado las situaciones. Dice que de niña, al preguntarme si quería plata-no, yo le decía casi llorando: plata-sí. Nos sigue causando mucha gracia, pero en realidad recién me doy cuenta de la seriedad para mi día a día el empleo del lenguaje no-figurativo. 

Estoy entrando a los cincuenta años, estoy saliendo del covid: ese espejo que nos permite ver de cerca nuestros demonios encubiertos por la inflamación de las células del cuerpo y que evidentemente afecta el sistema neurológico que es prácticamente todo aquello con lo que percibimos el mundo o la realidad, según cada quién.

Ayer pensaba en lo que nos depara este siglo (evidentemente en comparación con el siglo pasado) y no es nada alentadora la visión de mis futuros, si todo va bien, 30 años de vida. Ya sé, igualmente lo pienso pero no lo siento: un día a la vez, para qué pensar en el futuro si el presente es hoy. Frases inspiracionales de nuestro entorno. 

Quizá mi fatalismo (que no pesimismo) se deba a que no encuentro de qué asirme (en términos intelectuales) para poder observar distinto el por-venir (por más que lea a Derrida o quizá por leerlo literal) dadas las circunstancias actuales: la(s) pandemia(s), la(s) guerra(s), el cambio climático, la desigualdad, la pobreza, la falta de agua, la escalada de la ultraderecha en los gobiernos y el regreso del conservadurismo en las sociedades (ambos amenazan la prevalencia de ciertos derechos ganados de la comunidades vulnerabilizadas por el patriarcado-capitalismo, entiendanse mujeres, indígenas, homosexuales, lesbianas, transexuales); nada que no hayamos observado en el siglo anterior, salvo el acelerado desarrollo tecnológico. 

Si lo que se suponía debía ser la emancipación que me impuse como logro a finales del siglo XX en términos de realización y satisfacción personal y profesional, para el siglo XXI tiende a girar casi 360 grados. Satisfecha y realizada estoy aunque eso no me permite mirar el siglo por-venir de una forma, digamos lo menos, optimista. 

Decir que soy privilegiada es una falacia conspiradora del neoliberalismo que reduce la acción política a mirarse el ombligo en términos académicos. Y querer sobresalir, igualmente en términos académicos, es el otro extremo de la inacción política.

Llevo días pensando con el cuerpo enfermo cómo recuperar mi equilibrio y la respuesta llega como epifanía: no querer ser alguien que no puede ser, que no existe y no existirá nunca. Sigo teniendo ese pensamiento literal donde lo no-figurado es un agujero negro por descubrir. La respuesta es sencilla: seguir escribiendo, enunciando las dolencias del alma que las del cuerpo son completamente tangibles. 

Oaxaca 2022.



El virus del covid es un fastidio o las caminos de la vida no son como yo pensaba

Habíamos planeado una estancia de quince días en Oaxaca ciudad para dar un workshop de marca personal, realizar varias entrevistas y hacer visitas a diferentes lugares a la redonda (palenques, telares, restaurantes). Alquilamos un airbnb para estar los cuatro: Claudia, los dos perros (Buddy y Ramona) y yo. Un fin de semana antes de viajar me habla mi madre para decir que mi papá había salido positivo a covid (por segunda vez). El domingo, un día antes de viajar, vamos a la farmacia a hacernos la prueba con resultado "negativo". 

El lunes amanezco rara pero sin síntomas. Decidimos viajar de todas formas. Acostumbramos dividirnos la manejada entre las dos pero cuando lo intenté, pasando Tehuacán, solo pude estar una hora al volante. Me sentía completamente desconectada del automóvil, la autopista, el paisaje y demás. Claudia volvió a ocupar el asiento de manejo hasta que llegamos a Oaxaca. Comimos con mi hermana, nos acompañó al airbnb para conocer el lugar y dejar nuestras cosas. Fuimos a tomar unas cervezas  con tapas (que me supieron a gloria y que no he podido volver a probar).

Regresamos a la habitación a descansar y ahí empezaron todos los síntomas: dolor de cabeza, fatiga, ardor de garganta, fiebre, dolor de articulaciones. Fue una noche fatal porque aunque Claudia ya había comprado paracetamol, no me lo quise tomar pues soy alergica a la penicilina y a la aspirina, además de hipocondríaca, o sea que importaba más que no fuera a causar una reacción alérgica a tener que padecer los síntomas de covid. 

El martes al despertar fuimos a hacernos la prueba: yo salí positiva (por vez primera), Claudia negativa. Pasamos por un pan de yema con chocolate de agua al andador del centro de la ciudad y nos regresamos a nuestra habitación de la que hemos salido salvo en contadas ocasiones hasta ahora. 

Oaxaca centro, 2022.

Afortunadamente el espacio que alquilamos ha sido un oasis para la convalecencia y la recuperación. Se llama La Calera, una antigua fábrica de cal que preserva la estética industrial incluso en el diseño de las habitaciones (lofts). Un espacio abierto donde los perros que también han tenido que estar acompañándonos en nuestro confinamiento pueden bajar las escaleras libremente y dar unos paseos cortos en el inmueble, lo que a su vez nos ha permitido disfrutar de aire libre, silencio, relajación y distancia de la gente en todo momento.

La Calera, Oaxaca, 2022.

Puedo afirmar que la enfermedad ha sido relativamente leve y eso me permite asegurar que debió de ser horrenda para quienes la enfrentaron sin vacunas, sin información científica, sin medicamentos, sin conocer las secuelas, aunado a lo que ya sabemos y hemos vivido estos años que incluye la muerte de millones de personas (familiares, amigos, conocidos). 

A los tres días de estar en cama Claudia también se contagió y hemos compartido no solo los síntomas sino el fastidio de un virus que afecta todos los sistemas del cuerpo. En mi caso empezó con las vías respiratorias y las articulaciones, dolor muscular y con los días se ha manifestado en mi estado de ánimo, en el estómago y desde el fin de semana en la disminución olfativa y gustativa. Este bicho es una montaña rusa: cuando te empiezas a sentir bien, al día siguiente viene una recaída de otra parte del sistema.

Obviamente cancelamos el workshop y el resto de nuestras actividades, hemos estado encerradas en nuestra habitación dando paseos alrededor del complejo para salir de la cama, mayormente forzadas por los perros que por nuestra propia voluntad. 

La Calera, Oaxaca, 2022.

No quiero hablar de aprendizajes del covid. Ha habido momentos muy difíciles a pesar de que como ya lo dije la enfermedad ha sido leve. Pero creo que los momentos de cualquier enfermedad con características de una mortalidad evidente y posterior a los años de pandemia que traemos cargando nos pone en otro estado de alerta, de incomodidad, de estrés que no suma a la recuperación sino todo lo contrario. Es decir, si cualquier enfermedad requiere del paciente paciencia, con ésta es necesario estar muy enfocada en no perder la cabeza ni mucho menos en buscar "curas" en internet o en seudomédicos como el primero que nos diagnosticó virtualmente mientras caminaba por los pasillos de un hospital y nos envió una larga lista de medicamentos con enfermera incluida para que nos viniera a poner una intravenosa de quién sabe qué cosa. 

Sin duda el covid es un virus que analogicamente lo podemos asosciar con el hackeo del sistema operativo de cualquier software: no sabes qué te va a afectar una vez que está dentro, por lo tanto tampoco sabes qué vas a tener que restaurar ni cómo.

Nos quedan todavía unos días en Oaxaca, ahora ya no sólo dormimos, también hemos empezado a recuperar nuestro trabajo intelectual. Nos consideramos afortunadas porque tenemos una red de apoyo (gracias a mi hermana) que nos ha ayudado a cubrir las necesidades de alimentación y la atención médica, pero especialmente de salud emocional. 

La Calera, Oaxaca, 2022.

Claudia y yo nos preguntamos cada tanto cómo es que nos han pasado tantas cosas en tan poco tiempo. No lo sé, los caminos de la vida no son como pensábamos pero afortunadamente nos hicieron encontrarnos, no me imagino cómo es pasar una enfermedad de este tipo en soledad o sin alguien que realmente se preocupe por tu bienestar. Claudia y yo hemos podido encontrar ese punto de equilibrio resiliente en este espacio para enfrentar no solo la enfermedad sino también los muchos demonios afectivos que brotan en este estado alterado de la consciencia que trae el bicho consigo y del que poco se habla.

Oaxaca, 2022.



28.2.21

El behemoth de la pandemia

Lo que esperábamos durara unos meses sigue en activo: confinamiento, contagio, muerte provocada por el virus; fenómenos que circunscriben nuestro día a día desde hace más de un año. Una guerra silenciada de nuestras pasiones: polisemia afectiva. Durante un año aprendimos a diagnosticar los síntomas de la enfermedad y de la muerte. Claudicamos, cedimos ante nuestra vulnerabilidad frente a lo desconocido. Aquello que con entusiasmo e incredulidad poco a poco fue tocando los hogares de nuestros seres queridos, incluso los propios, nos desdibujó de la escena privada. Estábamos impedidos a salir a la calle quienes podíamos quedarnos en casa, más por convicción que por necesidad. Cautela, distancia, aislamiento. Lo que inició como una afrenta al sistema de salud y a la economía mundial se convirtió en una carrera de obstáculos para continuar alimentando al Leviathan, la maquinaria institucional, la razón instrumental.
Nos subimos al tren de la aplicabilidad, a la virtualidad autómata, transformando nuestros procesos cognitivos bajo el auspicio del imperativo categórico sin cuestionar, sin leer las instrucciones del manual que la enfermedad nos había entregado sin acusar de recibido.
Improvisamos en nuestras casas, las convertimos en oficinas, salones de clase; desterritorializamos la afectividad con tal de sobrevivir y despolitízamos nuestra actividad intelectual en búsqueda de una verdad: la de la ciencia. Dejamos de decidir, de ocupar los espacios ganados como ciudadanas y aprendimos a simular con los webinars y las redes sociales que teníamos consciencia de clase sin mirar al otro a la otra. Nos subimos a la palestra pública para dogmatizar y darle rigidez a las clases, a las etnias, a las diferencias sexuales, síntomas que han capitalizado los diferentes conservadurismos en todos los continentes con las implicaciones negativas para el devenir de las siguientes generaciones; desdibujamiento de los derechos sociales en las políticas venideras. 
Lo que ahora nos ocupa es vacunar a la población en su mayoría, aunque son los países más ricos los que han acaparado el inventario de las mismas; salir de las crisis económicas, echar a andar nuevamente la maquinaria del consumo, que siguió otros derroteros e hizo posible engrosar la brecha de desigualdad en el mundo; y volver a aquello que entendíamos como nuestra normalidad a pesar de nuestras otras angustias.
“Échale ganas”, “ya va a pasar”, se volvió el slogan de los cursos que por internet crecieron como la espuma. Se la empresaria de ti misma, aprovecha el tiempo y aprende algo nuevo mientras esto pasa, nos siguieron repitiendo e introyectamos esa otra posibilidad de convertirnos en capital humano para el neoliberalismo sin detenernos a pensar, a reflexionar no solo en lo que debíamos hacer sino en por qué lo hacíamos. 
Sobrevivir. Aprender a sobrevivir a la pandemia ha sido el derrotero de nuestras pasiones. ¿Cuándo sabremos si hemos pasado la prueba?, ¿cuándo tomaremos la decisión de incorporar a nuestro Behemot para encausar la guerra contra el Leviathan?
La pandemia cederá, quizá vendrán otras y, nosotras, ¿habremos aprendido a sobrevivir a nuestros miedos?

9.5.20

Observando el encierro_el sistema de limpieza en la cdmx

Me levanto temprano. Ayer llovió bastante. El piso está todavía mojado, se siente el aire fresco. Camino amodorrada. Ramona jala fuerte la correa, ve una ardilla en el alambrado y quiere alcanzarla. Lo que es no tener límites, más que la correa que nos une y le impide salir corriendo con el riesgo de quedarme sin brazo por el jaloneo. Me gustan estos días. Empieza a cambiar el clima. Amo la CDMX por sus lluvias. El calor pasados los 24 grados me ha disgustado siempre, me baja la presión, las altas temperaturas en concreto y en valle, son un infierno. Seguimos caminando, me he inventado una ruta para distraernos pero hoy es sábado de mercado, me acuerdo nada más ver que ya están poniendo los puestos (incluso en confinamiento). Debo girar y re-trazar la ruta en mi mente para poder caminar mínimo media hora. Ayer me quedé con ganas de caminar más pero había demasiada gente en la calle. Aproveché que era temprano y decidí hacer lo mismo, dos veces. Casi una hora caminamos con el aire en la cara, sin toparnos con nadie más que con quienes se dedican a limpiar la ciudad, barrenderos y barrenderas. Una imagen interesante del confinamiento. Mientras la gente duerme en un sábado cualquiera de esta cuarentena, los y las barrenderas siguen en la calle con sus uniformes naranjas, algunos con cubre bocas, tirando de sus carros obsoletos pero funcionales y sus escobas de vara. Un sistema de limpieza arcaico y personalizado. En una esquina uno de ellos arma una escoba nueva. Un manojo de vara medianamente larga y uniforme, un alambre amarrado al poste de luz con el que ata las varas al palo y gira de forma horizontal con fuerza para que quede bien ajustado. Escobas que pesan horrores. En e trayecto alcanzo a contar una docena de ellos/ ellas. En esta zona de portales, que está cerca de una oficina de limpieza, es muy eficiente la recolección de basura y el barrido de las calles. Una pareja joven empieza muy temprano aquí a la vuelta, barren y a ratos fuman mota. Poco antes de las ocho de la mañana se empieza a escuchar la campana del camión de basura. Se juntan en la esquina y los del carrito le entregan lo que han recolectado hasta ese momento. Se ríen, se alburean, se toquetean, sobre todo entre los hombres. Le gritan a la güera, una mujer con el pelo teñido, sobrepeso, con más años de los que seguro tiene. Voltea con poca gracias, nos cruzamos y evito decir buenos días. Me arrepiento porque la veo todos los días. A veces es mejor no decir nada, me consuelo. Se necesita oficio para dedicarse a esta labor titánica en esta ciudad.


5.5.20

Observando el encierro

Escribir los humores de lo que pasa en un día es una tarea titánica, pero es también un ejercicio de las meditaciones tibetanas, recapitular tu día. Dejé de meditar cuando me di cuenta que no me gusta la parte ritual de ninguna religión o filosofía de vida. Soy católica por los títulos que obtienes cuando te comes la hostia en la primera comunión, pero no soy practicante y dejé de ser creyente cuando me enteré que en la literatura existía Abraxas. Busqué sin rumbo y por tiempo indefinido algo más en qué creer, me topé con el budismo y aprendí a hacerme cargo de mi sufrimiento y a entender sus causas en el análisis. Hace unos meses, cuando todavía estaba desconsolada por la muerte de mi hermano, le cuestionaba a mi terapeuta, me pides que crea en el proceso terapéutico cuando he dejado de creer en todo. A la siguiente semana volví para decirle que estaba de acuerdo. Estos momentos de encierro son de creer. Yo creo que cuando te toca te toca, nada científico mi planteamiento, lo difícil es asumirlo. Como hoy, que llovió sin estar pendiente del clima, a pesar del calor que ha hecho estos días. Hoy llovió y nos refrescó de esta monotonía, ya no solo se escuchan las sirenas de las ambulancias cada tanto, también el reventar del agua en las ventas. Así cada día. 

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1FFZLFhAM0ObopEuVhlb-jiWfrfk1nL3s

4.5.20

Observando el encierro

Decidí dejar de llevar la cuenta de los días porque la pandemia no termina hasta que termina y está resultando un buen ejercicio escribir en este espacio que a su vez retroalimenta otro. El fin de semana regresé a los manuscritos que tengo por escribir-escritos. Estoy leyendo Mal de archivo de Derrida y Testo yonqui de Preciado. Preciado leyó muy bien a Foucault y Derrida, propone ciertas categorías interesantes para lo que nos convoca la epidemia en analogía de su propia trans-sexualidad. Desde hace unos años que me topé con su Manifiesto contrasexual se volvió uno de mis favoritos para explicar la filosofía feminista. Una lectura no clásica, la que no desemboca en la división binaria, que no allana el camino del activismo para dejar que la ideología se imponga a la ontologia sexual. Preciado habla de equivalencia, no de igualdad cuando deconstruye el género. Discípula también de Butler, no escatima en citarla, como tampoco lo hace con Witting, De Laurentis o Haraway. Llevo años leyendo a Derrida, a la escuela francesa del siglo XX y recién me percato que citan, se refieren a sus interlocutores, dialogan con ellos ellas y no como una práctica argumentativa sino deconstructiva, hermenéutica, fenomenología. Un ejemplo claro es el libro Carneros de Derrida, que gira al rededor de un poema de Celan. Balibar y Jean-Luc Nancy también lo hacen y de forma generosa, no erudita o condiciona. Una práctica intelectual bastante desarraigada en la academia mexicana donde se cita al amigo-colega a manera de un intercambio meriticratico para ganar puntos en el SNI. Se hacen cotos de poder académico y se difumina la propuesta individual. La libertad intelectual tiene su encanto pero también implica aislamiento, encierro, confinamiento, el que me permite seguir escribiendo, autopublicandome, como lo hago ahora, bajo las premisas de que soy muy afortunada porque me paguen para hacer lo que más disfruto intelectualmente y por no tener que condicionar mi quehacer filosófico a ningún grupo. Claro, resta seguidores, espacios de discusión, pero suma en creatividad y originalidad. Así como lo hace Preciado, en su momento Derrida, el propio Altusser y muchos otros otras que hicieron del encierro, de la exclusión, su fuente de inspiración. 

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1p08ZiDNJ-_JorNGiwpQLTtdzUKY16A-1

3.5.20

Día 13 observando el encierro

He andado un poco distraída estos días adaptándome a la "nueva normalidad" del encierro. Me encanta que le pongamos adjetivos a nuestro día a día para acompañar nuestra neurosis (en mi caso). Estamos ya en mayo, parecía tan lejos cuando inicié le primera cuarentena, a mediados de marzo. Yo solita me autoconfiné regresando de Oaxaca. Se cumplía el primer año de muerto de mi hermano y habíamos quedado en ir a celebrarlo, festejarlo, conmemorarlo, no sé que verbo usar para estos casos. No sé cómo referirme a estos procesos del duelo que van acompañados del encuentro vida-muerte de forma constante. Como ahora estamos, a diario se muere gente en el mundo, en la ciudad, en el barrio. Hace una semana se murió un vecino al medio día. Estaba en mi casa y desde el balcón se veía el movimiento de ambulancias, patrullas, hasta que llegó la camioneta de la funeraria. Todo fue muy silencioso, como si esperaban la muerte del ser querido. Un escenario adverso e inverso a lo que hacemos quienes nos quedamos en nuestra casa durante la pandemia. Optamos, los que podemos, por el encierro para sobrevivir, quizá por miedo, quizá por el goce, quizá porque amamos la vida, nuestra vida. Yo deambulo por todos esos escenarios. Hay días que muevo como pez en el agua. Me acostumbro a la "nueva normalidad". La analogía del respirar es interesante. La gente que se contagia  del (la) covid y muere es porqué dejó de respirar, sus pulmones no dieron para más y colapsaron. Y hablo solo desde la ontología, no invoco a otras acepciones del ser como sustancia ni me refiero a la Tierra o al cambio climático. Mi sobrino puso un estanque en el hotel de Oaxaca y compró unas carpas japonesas, estaba entusiasmadísimo con su nueva adquisición y habíamos llegado justo en el momento en que la carpa debía encontrarse con su nuevo hábitat. Estábamos contemplando el traslado de la tina del baño al estanque pero la carpa se había quedado sin oxigeno en la tina. Hicimos todo lo posible por salvarla pero cuando llegó el oxigeno era demasiado tarde. Mi sobrino lloró y nosotros con él como hemos llorado los últimos meses. Respirar y llorar, esa ha sido mi "nueva normalidad" desde hace poco más de un año. El duelo se ha instalado en otro estado donde ya no es tan doloroso, la pandemia está cediendo, el encierro se levantará en un par de semanas o quizá más. La analogía de la carpa es la referencia del devenir. Unos se morirán antes que otros. Mientras eso pasa, sigamos respirando la vida.


30.4.20

Día 10 observando el encierro

El día 9, ayer, se me olvidó escribir. Estuve dándole vueltas a la imagen del día 8, publicada también en este blog, y cómo abordarla a partir de lo que estaba leyendo y se me fue la onda. Me acordé al levantarme. Eso es también el encierro. Dejar de llevar la cuenta de los días, de lo que somos o hacemos. De las muertes, de los contagios, de lo que nos falta. La pandemia se volvió una numeralia del hacer. Nos volcamos a la virtualidad para estar presentes, para acompañar y sentirnos acompañados. Pero hay días que lo siento todo tan artificial y forzado. Son los humores del encierro. A veces un exceso de verborrea otros de silencio. Derrida dice que la pulsión de muerte es el proceso del mal de archivo. El archivo no solo es la memoria también la historiografía. Todo lo que decimos se queda en este archivo virtual, hacemos al tiempo que interpretamos. Dejamos entrar sin condición a lo más privado de nuestros hogares vía la imagen el video la escritura. Me incluyo. Llevo años haciéndolo para evidenciar mi propio encierro. Tengo una anécdota que da cuenta de ello: regresaba de un viaje de ocho meses y quedé con una amiga para comer. Nos saludamos con cariño y empezamos a platicar. Rápidamente me interrumpió “no me cuentes más, lo he leído todo”. Todo lo que había escrito en este blog a manera de diario como lo hago ahora. Sigo con mis lecturas de Derrida, mi próximo proyecto de escritura, uno al que he postergado por falta de tiempo y ahora tiempo me sobra o decido ocuparlo en la acontecibilidad del testimonio. Testimonio en nombre propio que da cuenta del nombre común. A eso me dedico ahora, como hace veinte años. Y sí, como dice Derrida, el sentido archivable comienza con la impresora, con la presión de la palabra escrita, con su impresión y lo que se imprime de ella. 

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1CD_4C_3anpoCpy4etA_mnnwRLKm3APXR

Día 6 observando el encierro

Hoy me iba a ir a la cama, bueno ya estoy en la cama, me iba a ir a dormir sin escribir. Ya escribí  mucho este día me dije mientras me lavaba los dientes, pero luego pensé que tampoco había convocado a Las Solovinas para hacer nuestro cada día diez minutos de nuestro día. Entonces, me acosté, apagué las luces y heme aquí escribiendo en el celular. Una bonita costumbre que tengo desde hace muchos años que me permite escribir en un café, en la fila de algún sitio,  en la cama, en el encierro  o en cualquier lugar. Estas semanas he experimentado, siguiendo con el tema de la escritura, y particularmente mi prolífico quehacer de escritura, sensaciones de estar en falta. Me explico, si tengo una habilidad que sobresale es escribir (y dicen quienes me han leído que lo hago bien) . Con el encierro, que se junta con un sabático ya empezado, me encuentro más concentrada y creativa , escribo los proyectos a los que me comprometí más otros que tenía en mente y los que se sumen en el día a día como este ejercicio creativo de escribir a diario en este espacio. Pero digo que me siento en falta porque llegado un momento, especialmente cuando concluyo algún manuscrito, me asusto y me digo a mi misma que debo parar, me pregunto si no estoy trabajando demasiado (en el encierro) o evadiendo mis miedos y ansiedades que se desbordan con la pandemia. Pasado unos minutos me pregunto qué más puedo hacer, si también limpio la casa, cocino, lavo trastes y ropa, juego con Ramona, veo Netflix (menos de lo que acostumbro), hago la siesta, leo, contemplo y escribo. 24x24 es lo que tiene el encierro. El tiempo alcanza para eso y quizá para más, y es la atemporalidad del encierro la que me hace sentir estar en falta, porque es, a su vez, la atemporalidad de mi propia subjetividad. Por cierto, hoy se celebra el día de la visibilidad lésbica, un motivo más para seguir escribiendo sobre el encierro. Buenas noches. 
https://drive.google.com/uc?export=view&id=1lM0Lmm5uLl7Bqse24shfFj6cEOcR9S60

28.4.20

Día 8 observando el encierro

De esos días que llega la inspiración trabajando. Tengo dos libros casi terminados, me falta escribir el epílogo de cada uno, solo estoy esperando el desenlace de esta pandemia antes de que entre la segunda oleada de la misma. Tengo claro lo que quiero escribir para cada final, cierre, sin conclusión, pero no quiero errar en un desenlace especulativo. Las investigaciones nunca terminan de escribirse, hay que saber cuando ponerles un final temporal, herencias académicas de la metafísica de la presencia. Y hablando de finales, terminé de leer Espectros de Marx [...] de Derrida. Creo que lo leí en por lo menos cinco años y lo he de haber empezado tres veces y mañana quiero volver a leer mis subrayados para terminar de hacer mis notas. Me pasa que con Derrida siempre dejo una lectura pendiente, a medias, ya sea para retomarla donde me quedé o empezarla de cero. Salvo con los textos muy cortos y otros que leído no solo en español, también en inglés, y no una vez sino varias, el resto aguardan o se resisten a ser leídos de una sentada. Así me acostumbré con Derrida a quien lo leo sistemáticamente cada año desde el 2002. Hago mis resúmenes, apunto mis ideas, me llega la iluminación, hoy no fue la excepción, llevo dándole vueltas a una imagen y no estaba segura si abordarla o no, analizarla y cómo, pero siguiendo a Derrida me decidí por deconstruir lo indeconstruible (la posibilidad de lo imposible)., donde el derecho no es a la justicia sino la justicia al derecho. La imagen de los presos en las cárceles de El Salvador. Mi primera impresión fue desasosiego, clamor. Hoy la volví a ver y alguien le hizo zoom a una de las imágenes que han circulado en las redes desde ayer y se fijó en la cara levantada y en la mirada de uno de ellos fija en el fotógrafo. DIGNIDAD, escribió con mayúsculas en el tweet. Las preguntas no dudaron en aparecer, las respuestas siguen sin llegar. Dignidad es un título para esta imagen y no podemos permitir deshumanizar el encierro. Y aquí Derrida nuevamente. Desde hace un año me pregunto: ¿cómo perdonar lo imperdonable? 

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1kV5FxILkZlz9XAQj-ZjYpN2GMMUH6909

27.4.20

Día 7 observando el encierro

Hoy es 27 de abril, hoy es el cumpleaños de Arturo, ese ser luminoso que es mi hermano y dejó de existir hace poco más de un año. Desde ayer siento ese malestar en el estómago que he sentido los últimos meses, a veces con más o menos frecuencia, y hoy en el encierro quiero pensar de él, acordarme del nosotros y disfrutar extrañándolo. Muchas veces me cacho preguntándome ¿qué estaría haciendo ese muchacho si estuviera aquí en el encierro?, ¿cómo serían las conversaciones familiares por zoom cada semana, estaría presente o desvelado, de buen humor, simpático o ensimismado? Somos cuatro hermanos, Arturo el único hombre, quedamos las mujeres, todos de alguna forma somos ensimismados, unos más que otros, todos somos de contentillo, unos lo disimulan más, otros menos. A Arturo se le notaba cuando no quería estar y no estaba. Desde ayer prendí una vela quizá por costumbre, quizá por consuelo. Hoy es su cumpleaños, el año pasado dije que era su no-cumpleaños porque no entendía, estaba enojada y muy triste, este año sigo sin entender la muerte, su muerte, pero estoy más asumida de que llega cuando menos te lo esperas y esa es la gran enseñanza del duelo. Al final, como lo viví con mi hermano, lo único que importa es ser pleno (que no es igual a buscar la felicidad, la paz, el equilibrio), sino vivir siendo una misma. Felicidades hasta el más allá, Artur! Dese ayer la Mercé empezó a enviarnos fotos a nuestro chat de guats up (el de las tres mujeres de esta foto que heredamos tu amistad), muchas de las que te conocimos estamos en la misma sintonía, lloramos, reímos, lo dejamos pasar o te recordamos. Prefiero recordarte y seguir llorando hasta siempre. Si estas fotos contaran sus historias, complicidades, risas, enojos y encuentros, contigo siempre eran encuentros. Ya nos encontraremos otra vez.


25.4.20

Día 5 observando el encierro

Empecé el día con varios temas para escribir en esta entrada, pero no puedo evitar dejar pasar un acontecimiento más de este 2020. Si pensábamos que el covid19 se llevaría el año, seguramente así será por muchos motivos que ya conocemos (el número de muertes, el número de contagios, la pandemia global que pone a prueba los sistemas de salud en el mundo, el cuestionamiento constante del neoliberalismo que será único que quizá salga vacunado de cara a este confinamiento, el cierre de fronteras, el encierro en sí mismo, el papel de los y las gobernantes de cara a su propia población y un largo etcétera). A todos estos fenómenos, y aquí quiero hacer una distinción entre evento y acontecimiento, que en traducciones del inglés al español pueden ser sinonímicas, traducción de los textos escritos por Derrida, específicamente, pero pensarlas en español y el uso que les doy no es a manera de sinónimos, el acontecimiento es lo que está siendo (diferido, por-venir), mientras el evento es lo que de forma general abarca una serie de fenómenos temporalmente. Es decir, el evento es la pandemia, el acontecimiento es lo que lo circunscribe. Una vez hecha esta aclaración (seguramente innecesaria) voy a lo que me ocupa, (el evento) la muerte de  #KimJongUn en Corea del norte. Este evento marca (el acontecimiento) el devenir de una política internacional bien distinta en el mundo y entre los países-bloques que se están reacomodando de cara a la pandemia (la infraestructura que, en palabras de Althusser, es lo que deberíamos estar revisando, además de sobrevivir a nuestro encierro). No puedo evitar emocionarme con la geopolítica. Veremos si #KimYoJong hereda la misma postura que su hermano con respecto a las fronteras y a su población. No está de más decir que una de las fronteras que me falta por conocer para darme por bien servida es la que divide las Coreas y hasta ahora una de las más impenetrables. Este 2020 está dando de qué hablar.



24.4.20

Día 4 observando el encierro

“Observar el encierro” me dijo el papá de una amiga cuando al teléfono le pregunté cómo se encontraba. Un señor que pasados los ochenta años con la vida a cuestas, varias muertes acumuladas después durante el exilio y lo que conlleva para cada uno en la edad que se tenga durante la cuarentena el poder observarla seamos conscientes o no de ello. Darse el tiempo la dedicación de observar poco de nuestro día a día para vernos a nosotros mismos en este encierro en un ser aquí o ahí del acontecimiento que estuvo latente cien años.
El encierro no me toma por sorpresa incluso puedo afirmar que estoy acostumbrada a ello y no necesariamente por ser antisocial sino porque he aprendido a deambular entre el adentro y afuera de mi propia sexualidad. Salir del closet es un eufemismo, siempre tienes un pie dentro y otro fuera porque las pandemias se dan en las sociedades que invisibilizan a los/las que son asintomáticos; la homosexualidad de las mujeres ha sido asintomática en este y otros países por conveniencia y por comodidad. El encierro de esta pandemia reproduce esos y otros tenores, desde los más sutiles hasta los más sofisticados que son propios de la condición humana. Mientras comía veía a los pájaros, las palomas, las ardillas convivir en el árbol de hule que está en la acera de frente, su única depredadora pudiera ser Ramona, mi perra, y por instinto, pero eso no los detiene para seguir existiendo. Mientras ellos están afuera yo observo desde dentro. 

22.4.20

Día 2 observando el encierro

Un amigo escribió en su blog sobre su encierro, un amigo venezolano que vive actualmente en Ecuador, y no sólo me conmovió su texto, también me sentí identificada en varios niveles de la lectura, especialmente el miedo a la enfermedad, lo abrumador que puede ser el no contacto con nadie, incluso siendo antisocial como yo puedo serlo, el calor que se encierra en las casas en esta época sin tener suficiente ventilación y especialmente cómo creemos que lo que escogemos para vivir será de paso, mientras "hacemos esto" o por "comodidad".
Al leer su texto pensé en las muchas veces que me cambié de casa, mal gusto nunca he tenido, pero a veces no pude escoger lo mejor. Lo último que renté después de terminar una relación, fue literalmente una habitación, un hoyo funki, donde el baño quedaba afuera y lo compartía con otras dos personas, oscura y sin ventilación. Afortunadamente estaba empezando el verano, el de lluvias de la ciudad de méxico, cuando literal se cae el cielo y se inunda todo, incluso esa habitación, mojando una cantidad significativa de libros. Pude estar solo tres meses antes de pedir auxilio a mis padres para que me dejaran quedar en su casa unos meses hasta que me entregaran el departamento que estaba comprando con una hipoteca a veinte años. 
No puedo decir que mi encierro es como el de mi amigo, tengo un ventanal enorme que da a la calle y enfrente de un árbol de esos viejos que dan sombra todo el día, ventana en los dos cuartos, en los baños y en la sala. Es completamente iluminado y ventilado, y aun así se siente calor en primavera. Tengo un balcón que le cedí a Ramona, mi perra, para que pudiera tomar el fresco, ver a las palomas y las ardillas, intentar comerse las moscas o las abejas, a veces con mucho éxito. Mi estudio lo trasladé hacia el comedor para cambiar la vista, estar más fresca, tener más espacio. El encierro tiene que ver con el espacio y el tiempo, mientras el tiempo se detiene, el espacio se reinventa con la cuarentena. 
Ya estando adentro, de la casa que cada uno haya decidido o podido conseguir, el encierro de la pandemia se asemeja entre unos y otros, el estado de ánimo se vuelve una montaña rusa, por más que queramos guardar calma, respirar, meditar, hacer yoga, no comer ni beber demasiado, dormir más o menos, trabajar, leer, escribir, o simplemente contemplar, resulta complicado. La energía está fuera de nosotros por nuestra poca tolerancia a la incertidumbre y el hecho de saber que nuestra vida puede estar en peligro. La pandemia es encierro, el encierro sobrevivencia.


21.4.20

Día 1 observando el encierro

Hoy empezó formalmente la cuarentena en fase 3 y no se cómo lo registró mi inconsciente, a pesar de estarla esperando, si no con ansias locas, sí como una forma de acercarnos a lo peor de la pandemia. Momento que, como lo hemos visto en otros países, que incluso ya están de salida, han alcanzado la cúspide de su curva con miles de contagios y muertes. México no será la excepción de esta asincrónica contingencia global.
Hoy decido escribir nuevamente después de un letargo de meses, años quizá, una entrada diaria en este blog, una entrada diaria a manera de diario del devenir de mi encierro en época de covid.


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