5.3.26

11 de Marzo

Este mes no fue la excepción, se sintió como los últimos siete años. Salvo que ahora ya no hay vuelta atrás. Se cierra el caso, se archiva el expediente. Cold case dice la serie gringa. Después de siete años todavía tenía esperanza, pero no lo sabía. Esperanza en que se hiciera justicia. ¿Pero qué es hacer justicia? Y ¿quién tiene que hacer justicia? Intento descubrirlo en la filosofía con poco o nada de certeza todavía. O, por lo menos, eso fue lo que te prometí el día de tu entierro, con el corazón en la mano. 

Revisando unas fotografías que voy a llevar a Oaxaca este fin de semana, me di cuenta de que esperaba este día sin saberlo y, ahora que está por vencer el plazo, vuelvo a sentir tristeza, furia, frustración y, finalmente, descanso. Descanso porque podré soltar la lápida que he cargado estos años. Promesas que flagelan a manera del último verso de un poema de Celan: "el mundo se ha ido, yo tengo que llevarte". Me lo tatué en el alma sin saber que hacer justicia no debió ser una consigna exclusivamente mía, sino de todos los que integrábamos tu familia. Ciertamente lo que era mi mundo se fue durante los años que estuve en duelo, pero ahora también sé que no tengo que llevarte.

Inconscientemente o quizá no, volví a impartir el seminario de Antígona este semestre. He vuelto a leer la tragedia de Sófocles como si fuera la mía. Pero la pregunta que un estudiante hizo en una de las notas reflexivas que les pido cada semana fue lo que deshizo el nudo que sentía en el pecho desde hace un par de semanas o quizá años: "¿realmente tiene razón Antígona en insistir en enterrar dentro de las fronteras a un enemigo del Estado que, siendo su hermano, organizó un ataque contra su propia ciudad para reclamar poder? ¿Merece Polinices los honores funerarios?". 

Si reflexiono sobre estas dos preguntas que se hace mi estudiante a la luz de los hechos, de las pérdidas afectivas en las que he incurrido estos años, también me pregunto, a manera de analogía, si tenía razón en querer que se te hiciera justicia, contrario a los deseos de nuestra familia, ni siquiera del Estado. Pienso que sí, que no solo tenía razón, sino necesidad de hacerlo. Han pasado siete años. Existen maneras de hacer justicia que quizá no alcanzamos a comprender porque pensamos que solo las podemos enmarcar en el «entre» de la ley del Estado y de la ley divina, leyes que no son suficientes para comprender la relación hermana y hermano. Hace siete años te mataron y una parte de mí también se murió contigo. Ahora toca por fin aprender a vivir con ello.