El behemoth de la pandemia

Lo que esperábamos durara unos meses sigue en activo: confinamiento, contagio, muerte provocada por el virus; fenómenos que circunscriben nuestro día a día desde hace más de un año. Una guerra silenciada de nuestras pasiones: polisemia afectiva. Durante un año aprendimos a diagnosticar los síntomas de la enfermedad y de la muerte. Claudicamos, cedimos ante nuestra vulnerabilidad frente a lo desconocido. Aquello que con entusiasmo e incredulidad poco a poco fue tocando los hogares de nuestros seres queridos, incluso los propios, nos desdibujó de la escena privada. Estábamos impedidos a salir a la calle quienes podíamos quedarnos en casa, más por convicción que por necesidad. Cautela, distancia, aislamiento. Lo que inició como una afrenta al sistema de salud y a la economía mundial se convirtió en una carrera de obstáculos para continuar alimentando al Leviathan, la maquinaria institucional, la razón instrumental.
Nos subimos al tren de la aplicabilidad, a la virtualidad autómata, transformando nuestros procesos cognitivos bajo el auspicio del imperativo categórico sin cuestionar, sin leer las instrucciones del manual que la enfermedad nos había entregado sin acusar de recibido.
Improvisamos en nuestras casas, las convertimos en oficinas, salones de clase; desterritorializamos la afectividad con tal de sobrevivir y despolitízamos nuestra actividad intelectual en búsqueda de una verdad: la de la ciencia. Dejamos de decidir, de ocupar los espacios ganados como ciudadanas y aprendimos a simular con los webinars y las redes sociales que teníamos consciencia de clase sin mirar al otro a la otra. Nos subimos a la palestra pública para dogmatizar y darle rigidez a las clases, a las etnias, a las diferencias sexuales, síntomas que han capitalizado los diferentes conservadurismos en todos los continentes con las implicaciones negativas para el devenir de las siguientes generaciones; desdibujamiento de los derechos sociales en las políticas venideras. 
Lo que ahora nos ocupa es vacunar a la población en su mayoría, aunque son los países más ricos los que han acaparado el inventario de las mismas; salir de las crisis económicas, echar a andar nuevamente la maquinaria del consumo, que siguió otros derroteros e hizo posible engrosar la brecha de desigualdad en el mundo; y volver a aquello que entendíamos como nuestra normalidad a pesar de nuestras otras angustias.
“Échale ganas”, “ya va a pasar”, se volvió el slogan de los cursos que por internet crecieron como la espuma. Se la empresaria de ti misma, aprovecha el tiempo y aprende algo nuevo mientras esto pasa, nos siguieron repitiendo e introyectamos esa otra posibilidad de convertirnos en capital humano para el neoliberalismo sin detenernos a pensar, a reflexionar no solo en lo que debíamos hacer sino en por qué lo hacíamos. 
Sobrevivir. Aprender a sobrevivir a la pandemia ha sido el derrotero de nuestras pasiones. ¿Cuándo sabremos si hemos pasado la prueba?, ¿cuándo tomaremos la decisión de incorporar a nuestro Behemot para encausar la guerra contra el Leviathan?
La pandemia cederá, quizá vendrán otras y, nosotras, ¿habremos aprendido a sobrevivir a nuestros miedos?

https://drive.google.com/uc?export=view&id=1QDxCNN_MSpGDlRwTbgzokOmuXRv_VI2e
Ungeheuer Leviathan, Behemoth und Ziz Bibelillustration, Ulm, 1238

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