Observando el encierro_el sistema de limpieza en la cdmx

Me levanto temprano. Ayer llovió bastante. El piso está todavía mojado, se siente el aire fresco. Camino amodorrada. Ramona jala fuerte la correa, ve una ardilla en el alambrado y quiere alcanzarla. Lo que es no tener límites, más que la correa que nos une y le impide salir corriendo con el riesgo de quedarme sin brazo por el jaloneo. Me gustan estos días. Empieza a cambiar el clima. Amo la CDMX por sus lluvias. El calor pasados los 24 grados me ha disgustado siempre, me baja la presión, las altas temperaturas en concreto y en valle, son un infierno. Seguimos caminando, me he inventado una ruta para distraernos pero hoy es sábado de mercado, me acuerdo nada más ver que ya están poniendo los puestos (incluso en confinamiento). Debo girar y re-trazar la ruta en mi mente para poder caminar mínimo media hora. Ayer me quedé con ganas de caminar más pero había demasiada gente en la calle. Aproveché que era temprano y decidí hacer lo mismo, dos veces. Casi una hora caminamos con el aire en la cara, sin toparnos con nadie más que con quienes se dedican a limpiar la ciudad, barrenderos y barrenderas. Una imagen interesante del confinamiento. Mientras la gente duerme en un sábado cualquiera de esta cuarentena, los y las barrenderas siguen en la calle con sus uniformes naranjas, algunos con cubre bocas, tirando de sus carros obsoletos pero funcionales y sus escobas de vara. Un sistema de limpieza arcaico y personalizado. En una esquina uno de ellos arma una escoba nueva. Un manojo de vara medianamente larga y uniforme, un alambre amarrado al poste de luz con el que ata las varas al palo y gira de forma horizontal con fuerza para que quede bien ajustado. Escobas que pesan horrores. En e trayecto alcanzo a contar una docena de ellos/ ellas. En esta zona de portales, que está cerca de una oficina de limpieza, es muy eficiente la recolección de basura y el barrido de las calles. Una pareja joven empieza muy temprano aquí a la vuelta, barren y a ratos fuman mota. Poco antes de las ocho de la mañana se empieza a escuchar la campana del camión de basura. Se juntan en la esquina y los del carrito le entregan lo que han recolectado hasta ese momento. Se ríen, se alburean, se toquetean, sobre todo entre los hombres. Le gritan a la güera, una mujer con el pelo teñido, sobrepeso, con más años de los que seguro tiene. Voltea con poca gracias, nos cruzamos y evito decir buenos días. Me arrepiento porque la veo todos los días. A veces es mejor no decir nada, me consuelo. Se necesita oficio para dedicarse a esta labor titánica en esta ciudad.


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