19.4.15

De la escritura creativa

Me invitaron a participar en la feria del libro que organiza una universidad en el norte de México. Seis escritores en escena, un moderador. Preguntas generales para hablar de nuestro trabajo, temas obligados, como las redes sociales, la autopublicación, el financiamiento, pero no sobre la frontera (entonces no tengo nada que decir...  Pensé). Solo se hablar de la frontera. No había entendido que aquí no se trataba de hablar de lo que cada uno sabia, sino de porqué escribíamos. Un performance a todas luces, como son siempre las presentaciones. Quizá algunos más apegados a sus personalidades, otros con un personaje más acabado. 
El título de la mesa era "encuentro de escritores mexicanos". Cuando lo leí pensé inmediatamente que se habían confundido conmigo, luego vi mi foto en el programa y no me quedó duda. Me enfrentaba a una frontera que ha estado mucho tiempo de frente a mí pero no había querido cruzar. 
Unos días antes de la presentación decidí de una vez salir del clóset (no sería  la primera). Es decir, que iba a presentar a mi alter ego, ese que escribe aquí, que soy yo, pero no soy yo. Seleccioné los textos, tres que escribí hace dos años en Tijuana y que hablan sobre la frontera. Los leí por la mañana varias veces en voz alta. Me alisté y salí con mis otros libros bajo el bazo, los de ensayo académico.
Ya en el escenario todo fluyó, no leí nada, nadie leyó nada. Solo hablamos de nosotros. Un goce egocéntrico. Una palmada al hombro. Un reconocimiento sin duda al trabajo de cada uno. 
Confirmo que me gusta la escritura creativa y también el anonimato. Agradezco a los organizadores de la feria por este nombramiento, uno de los que más feliz me ha hecho en los últimos meses.



30.3.15

Timing

Salgo de la tienda con mis pantalones para la playa, busco las llaves de mi bici y veo a alguien desencadenando la suya. Espero para cruzar y mientras lo tengo de frente a mí, pienso: esa bici es igual a la mía... Es la mía!!! 
Giro hacia un lado, hacia el otro, qué hago? Voy a corroborar si es la mía. Mejor me asomo a ver si los alcanzo, eran dos, una chica y un chico. No, no los voy a alcanzar. Giro de nuevo, mejor me voy a mi casa. Me asomo. Están parados a cincuenta metros. Vuelvo a girar y digo enfática al policía que está deteniendo el tránsito:

-Oficial, ese chico de gris se lleva mi bici.
-Cuál, me pregunta. Los que van allá, señala con su dedo al frente, y cruza la calle a paso veloz.
-Ese, el de gris, le grito. 

Pienso que no lo alcanzará corriendo, pero lo subestimo, para al taxista de enfrente, un joven que estaba haciendo tiempo. Y se sube. 

-Qué hago, le grito.
-Pues súbase, me contesta.

Incrédula subo al taxi, es como de película, pienso, al tiempo que sonrío. El chofer, muy seguro de traer a la autoridad de copiloto, acelera y empieza la persecución por las calles del centro de Coyoacán. 
Inmediatamente los ladrones se dan cuenta y agarran una calle en sentido contrario. El chofer hace lo mismo. Los carros frente a nosotros pitan el claxon, mientras que el policía les hace señas para que se hagan a un lado. Logramos alcanzarlos al final de la cuadra, pero en cuanto se baja el policía del carro para detenerlo, el ladrón se da la vuelta. El taxista también. 
Al policía lo dejamos atrás. Perseguimos al ladrón, lo alcanzamos y el taxista le grita que se pare. No hace caso y lo empuja con la facia del Tsuru. El ladrón sale expulsado de la bici, se levanta rápidamente y huye. El taxista acelera. En ese momento le grito que me bajo, se estaciona e intenta correr atrás de él, pero desiste. 
Me tiemblan las piernas y los brazos, estoy sorpréndentemente apanicada. El taxista regresa, va por mi bici, me quedo cuidando el carro. Solo una salpicadera abollada... Y la cadena cortada. Me entrega la bici, le doy las gracias y nos despedimos. 
Las patrullas pasan por todos lados con las torretas prendidas, pero el ladrón ya se ha dado a la fuga. 
Regreso a casa, no veo al policía. Y con el ruido de la llanta, solo pienso, eso es timing, un minuto más que hubiera tardado en la tienda y hubiera regresado a casa sin bici y sin la satisfacción de saber que, en esta ciudad, la gente se arriesga.

29.3.15

Manías

Últimamente tengo más manías, de esas que ocultan la ansiedad.
Mi sanadora oficial me dijo el otro día que por fin había tocado fondo.
La miré con extrañeza, casi preguntando, cuántas veces en la vida una debe tocar fondo? E inmediatamente inicié un recorrido por lo que en ese momento me cruzaba la existencia:
Cada vez que termino una relación?
Cada vez que siento una gran tristeza?Cada vez que me doblego ante las mezquindades ajenas?
Después dijo, finalmente habrás decidido lo que quieres hacer. Balde de agua fría! No digo nada, porque creo que hasta me lee los pensamientos, y en mi soliloquio me contesto casi a gritos: si no estuviera confundida no estaría aquí.
Hacemos el ritual de la sanacion, veo la luz dentro de mi cabeza y salgo reconfortada... 
Días después observo nuevamente mis manías, especialmente esa de tener un celular que solo suena en horario laboral y para cosas de trabajo. El resto de las horas, los fines de semana, soy yo quien lo observo por horas, quizá algo nuevo en Twitter, seguro un mail interesante, de alguna amiga lejana (de esas con las que escribo una vez al año). Nada, paso a Instagram, por lo menos una foto cálida, la sonrisa de un amigo. Nada, he borrado a casi todos mis contactos que tenía de la universidad porque me recuerdan a mi ex. Me he aislado pienso con pánico. No importa, me digo a mi misma, ya pasará, mientras sigo actualizando el Twitter cada segundo. 
Eso sí, el Facebook no lo he abierto desde que me di de baja hace casi un año. Tengo una fecha para regresar de nuevo a esa gran comunidad, pero todavía no es el momento. 
El otro día vi un Twitter que decía que en Facebook está concentrada el 80% de la comunidad mundial, muy por encima de China. Me sentí como Robinson Crusoe, pero aún así no cedí a la tentación. Soy de ideas fijas... Respiro profundo.
Tampoco he cedido a la tentación de stalkear, no tengo la costumbre, aunque lo hice un par de veces hace unas semanas cuando me topé con alguien. Se acabó pronto el gusto y la di de baja, como a otras muchas personas de mis contactos en Twitter. 
Lo que sí hice fue bajar una aplicación de ligue, también me duró un par de días el gusto. Nada como mirar de frente a los ojos, soy una romántica... Trato de convencerme que no hay nada mejor que un encuentro casual para no ceder ante la adversidad...
Lo que sucede es obvio, después de casi diez años de relaciones varias, estoy en estado de abstinencia: me cuesta trabajo concentrarme en sentir lo normal de una separación porque ya no recordaba lo que eso implica. Ahora, como dijo mi sanadora, he tocado fondo, pero como las leyes naturales lo demuestran, el cuerpo que no pone resistencia sube solo a la superficie. 
Eso significa que en algún momento, sin darme cuenta, desaparecerán mis manías, dejaré de sentir tristeza y me asomaré a la calle para encontrar de nuevo mi camino. Por ahora escribo para que mi mente descanse de sus propias manías.

23.3.15

Vulnerabilidad y resitencia

Disciplinadamente fui a escuchar a Judith Butler a la sala Nezahualcóyotl, conferencia organizana por el PUEG, de la UNAM (un acierto sin duda dado que fueron de las primeras en traducir uno de sus libros más significativos). Digo disciplinadamente porque desde hace años decidí que conocería a los y las filósofas que han influido en mi lectura de la realidad. A Derrida ya no lo conocí y lo lamento. Hoy escuché a Butler y me regocijo, sin duda es una experiencia de groupie, pero qué más da; si por años fui a ver a Silvio Rodríguez, por qué no escuchar a Butler en vivo y en directo. 

La academia acartonada, como siempre, todas las doctoras algo tenían que decir: explicarnos a su Butler o la lectura de sus lecturas. En fin, así el protocolo de quienes asumimos ese rol de profesar, pero no en el sentido derridiando. Escuchar atentamente hasta que le ceden la palabra a la filósofa. Entretanto, observar a la audiencia: colegas de la universidad, estudiantes varios, escritoras connotadas, variopinto de la academia.
Aplausos. Inicia Butler haciendo referencia a #Ayotzinapa. Un ejemplo de los tantos que se pueden utilizar para hablar de vulnerabilidad y resistencia. Hace una revisión de su trabajo: performatividad, agencia, cuerpo, speech act; lo adiciona con elementos nuevos y habla de vulnerabilidad como potencia, como forma de resistencia, incluso. Un bálsamo al espíritu de quienes ahí estamos. Los que nos sentimos vulnerables por tanto atropello sistematizado de estos dos años de gobierno.

Una oradora elocuente que reconoce no tener la respuesta a nuestros problemas, que incluso no tendría que ser ella, una extranjera, quien pensara en nuestras soluciones.

Termina su presentación, cuatro preguntas, de cientos. Cuatro preguntas escogidas, quizá al azar, quizá ya premeditadas. Las tres primeras reiteraban su presentación, la cuarta sobre Palestina. La gente no entiende porqué hablar de Palestina, a mí me entusiasma. Escucho atenta pero es demasiado correcta, no entra en gran detalle.

Termina la conferencia, la gente comenta pletórica, pero están insatisfechos con la pregunta de Palestina. Un par de estudiantes delante de mí susurran: quien haya hecho esa pregunta se hubiera quedado en su casa. Miro al piso y contesto a mis adentros, solo por eso venía... Me hizo el día. Palestina es un ejemplo de vulnerabilidad y resistencia... Como también lo es #Ayotzinapa. Falta la experiencia creativa y la voluntad para no denostar lo que nos es ajeno. 


15.3.15

De vocaciones

Llega un día una estudiante a preguntarme si puedo entregar constancias de terminó de créditos de licenciatura: será una entrega de varias academias en el Ágora se Tezonco, me dice. Veo mi agenda y le contestó inmediatamente que solo puedo de dos a cuatro. Pasan los días, y antes de ayer me entrega el orden de participaciones. Nos vemos mañana, me dice. Solo recuerda que me debo ir pronto, le contesto al ver la lista de casi diez personas invitadas para decir unas palabras a los estudiantes que terminan.

A las dos en punto estamos ahí casi todos, el Ágora que es un anfiteatro grande, está ocupado en un tercio de su totalidad. Esperamos mientras los estudiantes se organizan. Sentadas de frente al público, estudiantes en toga y birrete, padres de familia y algún profesor solidario, hablamos de nuestra selección profesional para hacer tiempo.

Carmen nos enseña su anillo, de esos de piedra azul, bastante cotizado en algunos lados.
Yo tengo el mío pero en dorado, demasiado grotesco, concluyó.
Pues en dónde estudiaste, me pregunta. Donde tú, le contesto... Administración de empresas...
Administración, repite intrigada... Cómo llegaste ahí?, me pregunta María.
Les explico brevemente que quería hacer filosofía pero no fui convincente con mis argumentos y tuve que hacer examen vocacional para que mis padres tuvieran la certeza de mi decisión, pero los resultados fueron contrarios a mis deseos: administración, finanzas y contabilidad, dijo la psicóloga que analizó mis estudios. No tuve más opción que escoger alguna de esas e inscribirme a la universidad.
Maria voltea y nos dice, los míos concluyeron que pudiera ser psicóloga, monja o periodista... 
Monja, preguntamos incrédulas Carmen y yo.
Se puede escoger como vocación ser monja. No es un acto de fe, pregunto.
No pierdo la esperanza, dice Maria, en tono de broma, quizá todavía pueda aspirar a ello.
Bueno, eso es cierto, contesto. Algo de razón tendrán esos exámenes vocacionales, les digo. Por ejemplo, al finalizar la sesión, la psicóloga le dijo a mi madre: cuide mucho a su hija, dada su introversión puede ser que le guste a las mujeres o que a ella le gusten las mujeres... En eso sí tuvo razón, aunque no se si por mi tendencia a la introversión.

Empieza la ceremonia, cada una habla, tratando de ser convincente, y les decimos algo a los estudiantes que tenemos de frente sobre la importancia de terminar un ciclo en la universidad. Es mi turno, digo mis palabras y me disculpo por tener que salir corriendo. 

De camino al carro pienso en cuántos de ellos no saben porqué estudiaron lo que escogieron, y cuántos más no van a trabajar en eso que decidieron estudiar. Las vocaciones no se tendrían que escoger a tan temprana edad, algunos somos afortunados de redirigir el camino, pero los que no, cuánta frustración e infelicidad puede ocasionar no hacer lo que te gusta en la vida. Aunque claro, en esta sociedad no importa la felicidad sino la sobrevivencia.