23.3.15

Vulnerabilidad y resitencia

Disciplinadamente fui a escuchar a Judith Butler a la sala Nezahualcóyotl, conferencia organizana por el PUEG, de la UNAM (un acierto sin duda dado que fueron de las primeras en traducir uno de sus libros más significativos). Digo disciplinadamente porque desde hace años decidí que conocería a los y las filósofas que han influido en mi lectura de la realidad. A Derrida ya no lo conocí y lo lamento. Hoy escuché a Butler y me regocijo, sin duda es una experiencia de groupie, pero qué más da; si por años fui a ver a Silvio Rodríguez, por qué no escuchar a Butler en vivo y en directo. 

La academia acartonada, como siempre, todas las doctoras algo tenían que decir: explicarnos a su Butler o la lectura de sus lecturas. En fin, así el protocolo de quienes asumimos ese rol de profesar, pero no en el sentido derridiando. Escuchar atentamente hasta que le ceden la palabra a la filósofa. Entretanto, observar a la audiencia: colegas de la universidad, estudiantes varios, escritoras connotadas, variopinto de la academia.
Aplausos. Inicia Butler haciendo referencia a #Ayotzinapa. Un ejemplo de los tantos que se pueden utilizar para hablar de vulnerabilidad y resistencia. Hace una revisión de su trabajo: performatividad, agencia, cuerpo, speech act; lo adiciona con elementos nuevos y habla de vulnerabilidad como potencia, como forma de resistencia, incluso. Un bálsamo al espíritu de quienes ahí estamos. Los que nos sentimos vulnerables por tanto atropello sistematizado de estos dos años de gobierno.

Una oradora elocuente que reconoce no tener la respuesta a nuestros problemas, que incluso no tendría que ser ella, una extranjera, quien pensara en nuestras soluciones.

Termina su presentación, cuatro preguntas, de cientos. Cuatro preguntas escogidas, quizá al azar, quizá ya premeditadas. Las tres primeras reiteraban su presentación, la cuarta sobre Palestina. La gente no entiende porqué hablar de Palestina, a mí me entusiasma. Escucho atenta pero es demasiado correcta, no entra en gran detalle.

Termina la conferencia, la gente comenta pletórica, pero están insatisfechos con la pregunta de Palestina. Un par de estudiantes delante de mí susurran: quien haya hecho esa pregunta se hubiera quedado en su casa. Miro al piso y contesto a mis adentros, solo por eso venía... Me hizo el día. Palestina es un ejemplo de vulnerabilidad y resistencia... Como también lo es #Ayotzinapa. Falta la experiencia creativa y la voluntad para no denostar lo que nos es ajeno. 


15.3.15

De vocaciones

Llega un día una estudiante a preguntarme si puedo entregar constancias de terminó de créditos de licenciatura: será una entrega de varias academias en el Ágora se Tezonco, me dice. Veo mi agenda y le contestó inmediatamente que solo puedo de dos a cuatro. Pasan los días, y antes de ayer me entrega el orden de participaciones. Nos vemos mañana, me dice. Solo recuerda que me debo ir pronto, le contesto al ver la lista de casi diez personas invitadas para decir unas palabras a los estudiantes que terminan.

A las dos en punto estamos ahí casi todos, el Ágora que es un anfiteatro grande, está ocupado en un tercio de su totalidad. Esperamos mientras los estudiantes se organizan. Sentadas de frente al público, estudiantes en toga y birrete, padres de familia y algún profesor solidario, hablamos de nuestra selección profesional para hacer tiempo.

Carmen nos enseña su anillo, de esos de piedra azul, bastante cotizado en algunos lados.
Yo tengo el mío pero en dorado, demasiado grotesco, concluyó.
Pues en dónde estudiaste, me pregunta. Donde tú, le contesto... Administración de empresas...
Administración, repite intrigada... Cómo llegaste ahí?, me pregunta María.
Les explico brevemente que quería hacer filosofía pero no fui convincente con mis argumentos y tuve que hacer examen vocacional para que mis padres tuvieran la certeza de mi decisión, pero los resultados fueron contrarios a mis deseos: administración, finanzas y contabilidad, dijo la psicóloga que analizó mis estudios. No tuve más opción que escoger alguna de esas e inscribirme a la universidad.
Maria voltea y nos dice, los míos concluyeron que pudiera ser psicóloga, monja o periodista... 
Monja, preguntamos incrédulas Carmen y yo.
Se puede escoger como vocación ser monja. No es un acto de fe, pregunto.
No pierdo la esperanza, dice Maria, en tono de broma, quizá todavía pueda aspirar a ello.
Bueno, eso es cierto, contesto. Algo de razón tendrán esos exámenes vocacionales, les digo. Por ejemplo, al finalizar la sesión, la psicóloga le dijo a mi madre: cuide mucho a su hija, dada su introversión puede ser que le guste a las mujeres o que a ella le gusten las mujeres... En eso sí tuvo razón, aunque no se si por mi tendencia a la introversión.

Empieza la ceremonia, cada una habla, tratando de ser convincente, y les decimos algo a los estudiantes que tenemos de frente sobre la importancia de terminar un ciclo en la universidad. Es mi turno, digo mis palabras y me disculpo por tener que salir corriendo. 

De camino al carro pienso en cuántos de ellos no saben porqué estudiaron lo que escogieron, y cuántos más no van a trabajar en eso que decidieron estudiar. Las vocaciones no se tendrían que escoger a tan temprana edad, algunos somos afortunados de redirigir el camino, pero los que no, cuánta frustración e infelicidad puede ocasionar no hacer lo que te gusta en la vida. Aunque claro, en esta sociedad no importa la felicidad sino la sobrevivencia.



11.3.15

cuando las casualidades se encuentran

Me dice Mario un día, vamos a presentar una película de budistas en la universidad, le entras? Seguro, le contesto, dame la fecha para anotarla en la agenda. 
Se me olvida, pasan las semanas y de repente recibo un mail de Mario con el cartel del documental Bringing Tibet Home, es del exilio de tibetanos, me dice. No era de budistas, le pregunto. De ambos, contesta. Luego te envío más información para que digas algo. 
Pasan los días, empiezo a preocuparme de lo que tengo que decir, y pienso que es una buena oportunidad para juntar varias de mis pasiones en un texto (en este texto): el budismo, las fronteras, y la filosofía; casualidades que se encuentran y que en ese orden las quiero platicar porque así fueron llegando a mi vida.

El budismo:

Hace casi veinte años, la mitad de los que tengo, empecé mi recorrido, ese que le llaman la búsqueda del maestro. Empecé por lo que conocía, la religión católica y salí corriendo; busqué en el hinduísmo y me dio miedo; llegué al budismo y encontré el silencio. Lo adopté como filosofía de la vida, aunque no he encontrado al maestro todavía.

Las fronteras:

A las fronteras las empecé a estudiar siendo migrante, diría que por casualidad, pero supongo que no existen tales casualidades. Tenía que escoger un tema para hacer mi tesina y pensé en las fronteras intertextuales de la posmodernidad. Todavía no entiendo bien qué era lo que quería hacer, por eso ahora solo trabajo con fronteras geopolíticas desde diversas aristas.

La filosofía:

Dado que debía estudiar la posmodernidad para hablar de ésta en mi tesina, empecé mi recorrido de lecturas filosóficas con un autor contemporáneo no muy querido por la academia, Jacques Derrida.  Desde el primer momento que lo estudié pensé que su planteamiento era muy cercano al budismo. Ahora dudo de mi objetividad con respecto a esto porque encuentro similitudes budistas en muchos de los filósofos que me gustan. 

El documental:

Ahora bien, porqué escribo esto, porque justo lo que logra Tenzin Tsetan Choklay, director del documental Bringing Tibet Home, es juntar las casualidades de la anécdota del padre del protagonista, el artista tibetano en exilio Tenzing Rigdol, que en algún momento previo a su muerte le dice a su hijo que quisiera volver a pisar el Tibet. 

Seguramente el documental lleva a cada quien por un viaje distinto. A mí me hace pensar en los migrantes centroamericanos, en los migrantes mexicanos, en los palestinos sin tierra; en las otras fronteras y en sus similitudes. 

"El puente de la amistad" (cruce fronterizo entre China y Nepal) es la perfecta ironía de las fronteras, de la hospitalidad, de la ocupación China, pero también de la ocupación sionista, de los proyectos anexionistas y de las conquistas modernas de gobiernos voraces que castran a las personas de su identidad cultural y simulan controlar sus fronteras para evitar el paso de los "parias", de los terroristas, de todos aquellos que puedan vulnerar la irracionalidad de proyectos económicos antidemocráticos. Aun así, no logran silenciar las voces de quienes se esfuerzan por sostener sus creencias, sus religiones, sus historias de vida.

Comunidades en exilio que tienen que reconstruir sus vidas en otros lados, donde quizá algunos tienen la fortuna de poder volver a casa, pero los que no, qué hacen con la melancolía, con la añoranza, con los sueños de pisar algún día su lugar de origen. Esos otros, como Tenzin Tsetan y Tenzing Rigdol, lo convierten en arte; un arte generoso y hospitalario. Generoso como potencia, diría Spinoza, y hospitalario como experiencia creativa. 

Ambos logran el sueño de muchos, pisar su tierra, llevarse puñados o costales enteros a sus casas, como aquellos que se llevaron pedazos del extinto muro de Berlín al momento de su caída. Por unos días, Dharamsala es la recreación del Tibet gracias al contrabando de veinte toneladas de tierra que fueron transportadas por más de 2000 km, a través de dos fronteras internacionales y varios retenes. Una encomienda de más de un mes de lidiar con la incertidumbre para finalmente poder hacer la instalación "Nuestra tierra, nuestra gente", el proyecto artístico que Tenzing Rigdol hace en honor de su padre fallecido.

Bringing Tibet Home, un título alegórico de los exilios, es la apuesta política y la apuesta estética de quienes deciden no quedarse callados, a pesar de que ninguno de los dos pueden, todavía, conocer el Tibet, salvo en fotografías, con los recuerdos de sus padres, o desde la frontera.



Tenzing Rigdol durante  la instalación titulada "Nuestra tierra, nuestra gente".

La recreación del Tibet en Dharamsala.




15.2.15

Frontera sur II

Leonora me contó de su municipio, Libertad. Leonora-Libertad, pensé mientras me platicaba de sus logros en la Parroquia de su localidad. Escuchaba atenta y de vez en vez me distraía pensando en su edad. Un cuerpo firme, pequeño, cara arrugada por el trabajo en el campo. Hago de todo, me decía. Cultivo café, tejo pulseras y bolsos, también vendo un licuado de vitaminas. Una vez viaje a Guadalajara. Lleganos muchas personas de todos lados. Fueron a algún encuentro de migración, le pregunté. No, que va, de la empresa. Cúal empresa?, dije intrigada. La de los licuados. No ve que vendo licuados de vitaminas. En Libertad, dije con ironía. Sí, también deja, me contestó con una sonrisa. Si vendo cuatro mil pesos semanales, nos dan un bono de diez mil dólares. Claro, yo no vendo tanto...
Luego volvimos sobre la parroquia y de ahí al trabajo que hace en su comunidad. Migración y género. Las mujeres no quisieron hablar, se tardaron mucho. Les dolía pensar en ello, quizá cinco años o más. Ahora -baja la voz- ya se habla de la violencia de género. La miro y espero, mientras Leonora duda de lo que me está contando. Decide continuar: A mí, mi marido me apoya pero no va a la iglesia. Ya no se lo pido. Unas cosas por otras. El párroco nos da todo para hacer nuestro trabajo. Esa fue la condición cuando quisimos hacerlo por nuestra parte con organizaciones. Llegan hasta cincuenta mujeres en cada sesión, las organizaciones no logran tanto. También nos dan cursos, ahora estoy tomando un seminario de derechos humanos que nos va a dar el padre de la pastoral.
Terminamos de cenar, ya todos se habían levantado, y Leonora seguía hablando. También me quería retirar pero sus ojos negros querían seguir hablando. Le serví agua y seguimos. Parecía un interrogatorio. Y sus hijos, le pregunté. En Estados Unidos, contestó. Todos, volví a preguntar. Solo tres, los otros están conmigo, dijo volteando la cara al piso. Y usted, nunca quizo irse, continúe. No, pero tengo visa, voy cada año a verlos, contestó confiada.
Llegó el cansancio, se me cruzó con la impotencia del día. La miré directo a los ojos, esperando que me lanzará un salvavidas, ahora era yo quien me sentía vulnerable, y rematé preguntando: cómo le hace? Me observó y entendió lo que decía. Con confianza y esperanza, contestó sin vacilar. Confianza en qué?, pregunté. En la fe, afirmó. Por eso les digo a mis hijos que vayan a la iglesia. Usted también debería de ir, ahí en las escrituras están las respuestas.
No quise escuchar más, salimos del comedor, nos despedimos en el pasillo. Nos vemos en el próximo encuentro le dije. No estaré, me voy a Estados Unidos a ver a mis hijos.