15.4.13

Día 37

un día lluviosos y frío.
no salí de casa.

Para el cansancio extremo
el reposo reparador.

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Empiezo a ordenar los días
de atrás para delante
de adelante para atrás
...
no existe otra forma de sentir el tiempo
 que no sea
necesariamente
 la forma lógica dimensional?
...

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Empiezo a escribir poco a poco
con soltura y sin replicas
con errores y sin ediciones
la escritura libre es ficción.
...
dónde quedó la métrica y la rima?
dónde la erudición?
qué tan bizarro es contar sin decir nada?
sin construir imágenes?
sin descripciones apabullantes?

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Silencio

la música se escucha en la sala

los demás duermen

me gustan las tertulias después de la comida

hoy Bernardo leyó un cuento

Amaranta cocinó

Día 36

Fiesta de cumpleaños
Familia
Niños

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Qué es tener hijos?
Por qué las madres (cambio el genérico) desarrollan esa habilidad de ser madres?
Responde a una necesidad de sobrevivencia o a una necesidad de trascendencia?

Todas somos hijas
No todas somos madres
Existe una ruptura en la continuidad de la existencia?
O es sólo otra construcción de género?

Quien quiera ser madre que lo haga bajo su propio riesgo.

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La intimidación del otro
La tolerancia es un absurdo
En un espacio cerrado conviven los todos esos que son los otros
Tolerancia = indiferencia = invisibilidad
Por inseguridad o por ignorancia
La hospitalidad kantiana
Derrida tiene razón: no existe la hospitalidad pura.

14.4.13

Día 35

Última parada del día: casa de mi hermana. David me deja en la estación del tren. El tren ha sido uno de los grandes descubrimientos para mí en un país donde es indispensable tener un carro. Las rutas conectan varios puntos y la puntualidad es impresionante. El recorrido por la costa del pacífico es hermoso, gozoso, hipnótico. Compro el ticket en la máquina después de varios minutos de intentar descifrar el destino: Riverside o San Bernardino. Me decido por el primero por la hora de salida-llegada. Tengo tiempo. Una hora. Me acomodo en los sillones de la estación. La estación de Los Ángeles es una estación antigua con pisos de mármol, candelabros hermosos, jardín bien cuidado, madera en muchos puntos. Llaman para subir al tren, es la última vía. Camino por un largo pasillo hasta que la encuentro. Me detiene un señor, revisa mi billete y me dice que no sirve, que necesito un pase de abordar. Le contesto que no entiendo. Suben otros pasajeros y entregan una papeleta con un número. El señor me voltea a ver y me dice: "necesita uno como estos". Me desconcierto. Me queda poco tiempo. Me duele la cabeza. Tengo que regresar por donde vine. Llego a la taquilla que no había visto. La señora me dice que con eso es suficiente. Regreso a la vía desconcertada. Sigue ahí el mismo señor, le digo que no es necesario. Balbucea algo y ordena que me forme. Adelante de mí una mujer con su hijo, migrantes ambos. Atrás forma a un señor que tiene un boleto como el mío. Empiezo a sospechar que me hizo perder mi tiempo por ser mexicana. La cabeza me va explotar y el estómago se me hace nudo. Ve su reloj. Revisa sus papeles, veo las papeletas con el número de asiento. Me descoloco. Nos dice que ya podemos subir. Me entrega la papeleta con un número de asiento. Se me sube el enojo a la cabeza. Lo miro fijamente y le digo: "me pudo haber dicho esto antes de hacerme correr". Subo al tren. Por fin voy a descansar. Ubico mi lugar, una señora gorda y ansiosa es mi vecina. Lo que me faltaba. Cierro los ojos e intentó recuperar la tranquilidad. No logro dormir pero se va el dolor de cabeza. -Por qué me estreso tanto? Qué necesidad?- La señora está intranquila porque tiene miedo que la parada del tren no sea lo suficientemente larga para que le de tiempo de bajar del segundo piso. Le pregunta al que revisa los tickets qué hace si se queda atorada en la escalera. El guardia la ve con cara de asombro y le dice: "me grita". Media hora antes de abandonar el tren decide bajar sus cosas. Está parada a la altura de mi asiento. Me imagino la escena final: mujer aplastada por señora gorda en el tren. Prefiero cerrar los ojos y hacerme la dormida. Demasiada imaginación.

13.4.13

Día 34

Voy media hora tarde. El taxista que había quedado de pasar por mí no llega. Amaranta llama a otro y empiezo a inquietarme. Tengo que estar en el otro lado a las 7:30. Llega el taxista. Me despido con prisa y subo al carro. Veo el reloj. Son las 6:30. Tengo una hora para llegar a la cita y no sé cómo esté la fila. Quince minutos después estoy en la garita. Camino con paso apresurado. La curva me impide ver si hay gente haciendo fila. Veo gente que avanza apresurada y gente que viene de regreso. Ya estoy en el check point. Cruzo la puerta giratoria y avanzo. Calculo unas cien personas adelante de mí. Descanso. Empiezo a tomar fotos para mi archivo. Todo en calma. Media hora después estoy enfrente del guardia. Las preguntas obligadas: a dónde va, qué lleva, dónde vive, a qué se dedica... Casi había contestado todo con una sonrisa encantadora hasta que me pregunta si había pagado el permiso. Me quedo estupefacta. -No se paga después?- Le contesto que no. Llena una boleta y me dice: " regrese y páguelo... Luego vuelve". Lo veo con cara de asustada y emito un nooooooo. Me sonríe y me dice "pero no se vuelve a formar". Descanso. Doy la vuelta y camino a paso veloz. Llego a la oficina -que obviamente no vi en un inicio- y voy directo con el guardia. Se repite la historia: "su permiso". "No lo he pagado". "Vaya a la caja"... Pago. Me formo. Me entrevistan -ahora con más detalle-. Sonrió a la cámara y me dan el permiso. Son las 7:20. David ya está del otro lado. Le digo al guardia que controla la fila que me deje pasar, lo hace de mala gana. Cambio de guardias. Ya no está el que me atendió respiro y espero. Mi turno. Las preguntas obligadas. Ya no me preocupo por hablar en inglés. -Me ha preguntado lo mismo tres guardias.- Sólo quiero salir de ahí. Lo observo. Me observa. Me sonríe y me deja ir. Estoy del otro lado. David me espera en su carro.

Día 33

Me volví un poco inútil para moverme en ciudades que no conozco. La fuerza de la costumbre a veces es superior al deseo de conocer nuevos lugares y de repente es muy fácil sentirse como el ratón del cuento de Kafka que está acorralado por el gato y cualquier dirección que tome es una oportunidad para que el gato lo devore. Aunque en mi caso el gato es mi propia mente, mis miedos, mis inseguridades, incluso mi pereza.

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Utilizar el transporte público en ciudades que no conozco siempre me estresa. Hoy me subí a la pesera, que en tijuana tiene otro nombre, esa van que transporta como sardinas a diez u once pasajeros, incluido el/la chofer. Ayer me equivoqué, tomé el "camión" y tuve que correr para llegar en punto al sitio donde debo tomar el bus que me lleva al colegio. Hoy me fijé en no cometer el mismo error, pero estaba tan concentrada en ello que no me fijé en que no traía cambio. Una travesía desde el inicio. Al subirme escucho una voz dulce que me dice "yo le cierro", pensé que era la acompañante del chofer, pero en realidad era una mujer chofer. Sorpresa número uno. En la Ciudad de México las mujeres conducen taxis, no he coincidido con una que conduzca pesera o micro. Ocupé el espacio vacío que quedaba. Solo me cabía media nalga. Se me ocurrió pedirle a la gente de junto que se recorriera, obvio no lo hicieron. Seguí con media nalga en el asiento. Al poco tiempo extendí mi billete de 100 pesos para pagar y me contesta la chofer-a: "doñita, no traigo cambio, les pregunté si tenían...". Silencio largo. Llegamos a la gasolinera y me dice: "doñita, bájese a ver si se lo cambian por dos de cincuenta...". Volteo con cara de asombro y hago lo que me indica la chofer-a. Segunda sorpresa. Obvio no me cambiaron, demasiado temprano para tener dinero... Le regreso el billete. Avanza. Alguien le hace la parada. otra gasolinera. Ahora es ella quien decide cambiar el billete. Tampoco se lo cambian. Le hace la parada a otra van. Los otros pasajeros ya están impacientes porque se les hace tarde y me ven con cara de enojo. Me estreso. Finalmente cambia el billete y me da mi cambio. La señorita de atrás hace la parada, yo estoy junto a la puerta y ella espera que yo la abra. No hago nada porque supongo que la chofer-a la abrirá. No lo hace, ella sólo la cierra. Pregunto si yo debo abrirla, la señorita impaciente me dice que sí. Lo intento. No lo logro. Se desespera, la abre y baja. Tercera sorpresa: me he vuelto inútil para viajar en transporte público.

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Por qué una mujer decide convertirse en chofer-a?

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El fin del trayecto fue más relajado. Todavía me dio tiempo de preguntarle a la chofer-a algunas cosas. Me quedé con ganas de indagar más pero se me hacia tarde para tomar el bus.