19.10.24

Qué decir de cuando se llega a los 50 años

Hoy cumplo 50 años y aunque no lo creí en su momento, los 50 son los nuevos 30. Si hace 20 años no pensaba en llegar a esta edad, ahora tampoco pienso en que el pasado fue mejor. Cumplir años es superarse día día, una superación dialéctica, donde a veces avanzas un paso y retrocedes tres, hasta que te das cuenta que aquello con lo que creciste toda tu vida no es real. Te dicen que hay que buscar el amor, la felicidad, el éxito. Con los años sabes que nunca se encuentra porque nada de eso se busca, en todo caso lo procuras. Aunque parecen oraciones hechas, lugares común, eso que luego cuestiono del coaching, pues sí, ahora que cumplo 50 sé que hay muchas frases hechas que cobran sentido con el tiempo, con la edad. Una de esas, un gran aprendizaje de hecho, es que "el tiempo lo cura todo", o casi todo. Cura la tristeza, el dolor, el trauma, pero no lo cura por ósmosis, sino que, y aquí viene la parte a veces no tan divertida, hay que comprometerse y mucho. Comprometerse con conocerte a ti misma, otra frase trillada, conocer lo que duele y nombrarlo; conocer, experimentar, sentir lo que da alegría y nombrarlo; saber pedir perdón, reconocer los errores, que son muchos a lo largo de la vida, reconciliarse con la frustración, con la expectativa, con la muerte de un ser querido incluso; saber que lo que haces, dices, piensas te afecta y afecta al entorno. Con los años aprendes a cuidar las palabras para no herir-te, aprendes a escoger las batallas y a no quedarte callada, pero sobre todo aprendes a dejar ir conocidos, colegas, familia, lugares, trabajos. Soltar los silencios que incomodan, los juicios de valor y las críticas que lastiman. 

Con mis 50 años recién cumplidos abrazo a mis otras yo que he sido en cada década, a cada una de ellas las honro, las amo, las veo en la película de mi memoria y no cambio nada. Puedo decir sin temor a equivocarme que he hecho con estos 50 años lo que he querido y más de lo que he deseado, quizá, precisamente, porque nunca desee nada, nunca me imaginé llegar a esta edad, solo me dediqué a vivir al día, a viajar, a conocer el mundo, a leer, a escribir, a amar, a nadar, a jugar, a compartir. También sé que no llego sola, son muchas las personas que me han acompañado y a todas ellas les agradezco nunca soltarme, ofrecerme un lugar en su corazón, en su vida, en su estar en el mundo. 

Medio siglo se dice fácil, pero en el medio siglo de hace cien años pasaron dos guerras mundiales. A veces perdemos noción de lo que es la vida y estar vivos, por eso hago este ejercicio de escritura a manera de corte de caja. En medio siglo les cientos de libros, escribes miles de palabras, nadas n cantidad de kilómetros, duermes cantidad de horas, trabajas muchas más, respiras millones de veces, se regenera la piel, las neuronas y el alma n cantidad de veces. Con cada arruga, con cada cana, con cada lágrima derramada, con cada cicatriz, se engrosan los afectos, ya sea para que te vuelvas más o menos sensible. La sensibilidad que te permite observar las hojas que caen en otoño, escuchar el agua correr con la lluvia, reconocer la alegría del perro cuando llegas a casa y disfrutar del café en la cama. Con medio siglo detrás tienes una historia que contar, tienes una vida hecha y tienes un futuro por delante. Hoy cumplo 50 años y puedo decir, sin temor a equivocarme, que soy una mujer plena, realizada y amada. 

24.8.24

Agrado

A mi hermano le gustaba agradar

lo conseguía con su sonrisa 

Con su carisma 

Nada que ver con Agrado

El personaje de Almodovar en Todo sobre mi madre

Cuando mi hermano me preguntó por un nombre para su hotel

No dudé en decir Agrado

El nombre propio que resignificaba

La reminiscencia de nuestra estancia en Barcelona 

La dignificación de nuestro trasvestismo migrante

El agenciamiento político que vino con nuestra libertad fuera de la casa familiar 

El reconocimiento a nuestra homosexualidad 

Una recordatorio de la responsabilidad de llevar al otro

Al huésped, al solitario, al que está por venir 

Como alguien más lo hizo con nosotros 

Con su muerte, la de mi hermano,

a diferencia de lo que le sucede a Agrado,

el personaje de Almodovar,

Agrado dejó de ser un nombre propio para convertirse en un nombre común 






Creencias

Dejé de buscar respuestas en las creencias de los otros 

Por años vagué entre dogmas, cosmovisiones y relaciones diversas

Dejé el laicismo y me volví agnóstica

Dejé los rituales de iniciación 

hinduistas, budistas, cristianos, mexicas

incluso los del amor cortés

Aunque me hubiera encantado probar con los rituales 

órficos, pitagóricos y sáficos

Dejé de buscar respuestas en las creencias de los otros 

Porque me encontré conmigo

En un sueño:

Desde la orilla de la piscina cubierta de lirios observaba

A una bebé de meses que se hundía 

Me tiré al agua sin dudarlo

La tomé de las manos  

Para rescatarla del fango en el que ya reposaba inherte

Subimos a la superficie 

La recosté en mi pecho

Respiramos juntas

Dejé de buscar respuestas en las creencias de los otros 

Porque me encontré conmigo 







22.8.24

Desvanecimiento

Mi temor más profundo se hizo realidad

me desvanecí

un par de veces:

bajé el switch

El cuerpo reciente lo que no se dice

sudoración fría

palpitaciones aceleradas

El cuerpo reciente la tristeza

la mandíbula se contrae

la vista se nubla

El cuerpo reciente el trauma

no del presente

el que se hizo costra

alrededor del corazón

Respiraciones cortas

apneas incluso

no llega sangre a la cabeza

El cuerpo reciente la frustración

se desconecta

Me gusta la analogía si la pienso en inglés

un-plug

El desvanecimiento no da tregua

caes simplemente 

pierdes la conciencia en segundos

La primera vez, al volver en mí,

me rodeaban las caras de gente conocida

que entre risas, sorpresa y espanto me preguntaban 

si estaba bien

No supe qué contestar

pero a partir de ese día supe que estaba rota

Deshidratación, estrés, falta de sueño, ansiedad

posibles causas del desvanecimiento

dicen los médicos

El desvanecimiento es un síntoma

del quererse morir en vida

que el cuerpo rechaza

e inmune reacciona

hasta que de un día a otro

la misma sensación de desvanecimiento

se desvanece

Mi peor temor se hizo realidad más de una vez

y ahora sé lo que es estar viva


21.8.24

Popocatépetl

Por tus faldas rodamos

Guerrero invencible 

Risas

Infancias

Familias

Hundidas en los mantos de arena negra y fina

Vencimos al emblemático volcán de los paisajistas

Tocamos la nieve

nos asomamos por la ventana del cielo 

proyectamos un futuro 

Que se esfumó 

Con tu muerte 

La del guerrero herido 

La del hermano asesinado

La de los silencios y secretos de familia 

Contigo murió aquello que sembramos 

Empezando con el árbol de la casa de campo 

Un presagio 

Las cenizas del volcán nos cubrieron 

Ocultaron los afectos que estaban prohibidos entre hermanos 

Pero latentes como un volcán vivo

Tu muerte las dispersó

Los susurros del inframundo subieron a la Tierra 

La familia se rompió en un hechizo 

El hechizo de preferir el silencio a la justicia 

El guerrero invencible dictó sentencia 

Nunca más pudimos volver a subir a la cima

Ni ver el cielo desde la ventana del volcán 

Ni verte a ti ni a la familia que fuimos 

quedan las huellas cubiertas por la ceniza

Y nadie las quiere limpiar 



20.8.24

Amistad

Volar alto
recorrer el tiempo
reír en la arena
de los recuerdos

Infancia 
referente incondicional
de la amistad inocente
añoranza perenne
que con los años se transforma en exigencia
de aquello que no aprendimos a dar

el tiempo
los afectos
la generosidad
la hospitalidad

Vorágine de deseos condicionados

¿Dónde queda la política de la amistad?

La amistad imposible 
la amistad del tener que llevar-nos
[como Sísifo]
en la atemporalidad de cada relación
incluso cuando la amistad
se ha ido





Monotonía

Mientras camino con los perros

siento la monotonía 

mismo horario

misma rutina

Los perros son seres rutinarios

como nosotros los humanos

Mientras camino con los perros

siento la monotonía de la monogamia

del matrimonio

de compartir el día a día

de planear en conjunto

Mientras camino con los perros

siento la monotonía del paso de los años

de la estabilidad anelada

de la realización empeñada

Mientras camino con los perros

observo los árboles

siento el aire frío 

de madrugada

en la cara

habito la monotonía

como se habita el hogar




Trabajo de duelo

El tamaño del dolor

título del libro

de un escritor kosovar

ya muerto

Epitafio de un poema

¿De qué se duele

el doliente

en el duelo?

¿De la pérdida

de la tristeza

del dolor

del trauma?

Nunca se sabe

con certeza

de qué tamaño es el dolor

del doliente

salvo cuando deja

de doler

¿Es absurdo?, sí

el duelo es lo más absurdo

del estar sin estar

en vida

Puertas de nostalgia se abren

se cierran 

en cada duelo

siempre uno distinto

un dolor y un doliente nuevo

Nunca se aprende a sobrellevar el duelo

nunca llega la "pronta resignación"

es solo una frase hecha

un convencionalismo

¿De qué dimensión es el

dolor del doliente?

De la dimensión de los que ya no están

de los que están muertos.


19.8.24

Silencio

La depresión 

es silencio

que oculta

lo más doloroso

del ser siendo

La depresión

es estar

sin saber cómo

topologizar

cronometrar

el tiempo real

no así la realidad

de lo otro

La depresión

se mide

en silencio

Puedes vivir  años

sin la autoconciencia de sí

hasta que

un día

después de habitar

las ausencias

las fugas

los hoyos negros de la memoria

y la descorporización del mi

[mi cuerpo, mi goce, mi deseo]

empiezas a 

imaginar un futuro posible

también en silencio

El futuro posible de quien escribe

deja rastro

e inicia el resto del viaje

nuevamente en silencio



Piscina

Piscina:

me gusta más que

alberca

Piscina:

fonética

y morfología

del agua contenida

Piscina:

estado meditativo

contemplativo

Navegar en hipnosis

tocando los bordes

de la piscina

como pez en el agua

Una tautologia


¿Para que nos entrenamos?

Nos entrenamos para vivir

casi nunca para morir

Nos entrenamos para ser felices

sin saber mentir

Nos entrenamos para sobrevivir

incluso a costa de la libertad

Nos entrenemos en el arte de amar

sin intentar seducir

en el arte de la política

con intención de persuadir

en el arte de la amistad

sin responsabilidad

Nos entrenamos para competir

sin aprender a perder

Nos entrenamos 

¿Para que nos entrenamos?

¿Nos entrenamos 

o nos condicionamos

a ser 

lo que no somos?




Incondicionalmente

Amar incondicionalmente 
a los perros 
as amar lo que somos

Amarnos 
a través de los perros
es amarnos incondicionalmente

Los perros aman
incondicionalmente
Aman lo que son





12.7.24

Manifiesto de una disminuida neurodivergente y perimenopausica

Voy a cumplir cincuenta años en unos meses más. La edad nunca ha sido un factor determinante en mi elección de vida. No me siento joven no me siento vieja. No vivo en función del convencionalismo social ni del cómo te tienes que ver en determinados sectores profesionales en los que me desarrollo. 
Con los años he aprendido a escuchar a mi cuerpo y a actuar en función de ello porque he experimentado ansiedad la mayor parte de mi vida. Una ansiedad funcional que, hasta hace unos cinco años, posterior al asesinato de mi hermano en 2019, se volvió un padecimiento de salud mental. De la mano de la ansiedad, el trauma y el trabajo de duelo, del que he escrito mucho en este espacio, la depresión también se hizo presente. Los últimos tres años, por lo menos, puedo decir sin temor a equivocarme que he vivido como una disminuida neurodivergente y perimenopausica. 
¿Qué cambia con la (peri)menopausia? Todo. La manera de ver, ser y estar en el mundo se vuelve tan caótica como cuando eres adolescente. En estas dos etapas de la vida, y aquí me voy a referir exclusivamente a las mujeres que nacemos con órganos reproductivos de hembras porque es el cuerpo que he vivido y conozco y del que puedo hablar, sufrimos todos los cambios posibles. A algunas les puede ir muy bien, a otras no tanto. Lo complicado es que los cambios afectivo-corporales llegan para quedarse y muchas veces no sabemos cómo gestionarlos. 
La primera ayuda que los y las médicas sugieren siempre va a ser un fármaco, terapia de reemplazo hormonal o antidepresivo más ansiolítico. Una solución que obviamente enriquece a las farmacéuticas. En esta primera etapa de buscar el fármaco ideal se te puede ir la menopausia, los diez años que en promedio dura. 
¡Diez años de nuestra vida adulta! Los diez años que podrías dedicar a ser una mujer plena que ya sabe lo que quiere en su vida se ven trastocados por la disminución (de ahí que nos volvamos disminuidas) en la producción de hormonas. Ya no sientes las mismas ganas de levantarte, te duelen las articulaciones, se ensanchan las caderas, un enfermedad se engarza con otra, el dinero se te va en ir al médico, en comprar medicinas, vitaminas y suplementos alimenticios. Algunos te funcionan mientras que otros, como en mi caso, te causan hipersensibilidad y agravan los síntomas. Atinarle al fármaco se vuelve una ruleta rusa, mientras que el estado de ánimo se trastoca.
Los afectos se trastocan, sientes enojo con el mundo, intolerancia con la gente que te rodea, tristeza, rechazo, alegría, felicidad, depresión, ansiedad en un mismo día. Cambias de ánimo tanto y tan rápido como cambia el clima en la Ciudad de México. En un solo día de verano amanece frío, se siente humedad con el paso de las horas, hace calor al medio día y llueve torrencialmente en la tarde. Si sales temprano de tu casa tienes que llevar el guardarropa entero o aprender a vivir ligera. Yo me decanto por lo segundo. Con la (peri)menopausia hay que aprender a vivir ligera. 
Si en la adolescencia la gente mayor te veía como un ser indescifrable, irascible, pero al que se le podía todavía controlar, con la (peri)menopausia ni una misma es capaz de saber de qué humor vas a amanecer, aunque nadie te puede controlar; en el mejor de los casos te tiran de a loca o te dan el avión. En ambas etapas de la vida se evidencia la carencia de un cuidado de la salud mental, tanto de las personas que están pasando por alguna de estas etapas, como de las que las rodean. De ahí que sea fácil dar consejos que hemos heredado de siglos atrás: no te enganches, no veas solo el negro en el arroz, no hagas caso si ya sabes como es, es normal, déjalo pasar. Estoy tan cansada de esta cultura de no hablar las cosas que nos molestan, de no ser directos con la otra persona, de no exigir una escucha atenta, de no ser generosos afectivamente que al final sólo queda vivir ligera con las consecuencias que ello traiga.
La conclusión a la que llego es que con la (peri)menopausia que experimentamos en la vida adulta, ya sea que nos decantemos o no por los fármacos, es que hay que mandar todas las aspiraciones impuestas por una sociedad heteronormada a volar. No te tienes que ver joven, no tienes que traer el cabello largo si no quieres, no tienes que andar arreglada si no te gusta y nunca lo has hecho, no te tienes que maquillar ni usar ropa de marca. 
Con 50 años y en la perimenopausia  no tienes que ser ni la más exitosa, ni la más realizada, ni la más rica, ni la más guapa, sólo tienes que ser tú. Pequeño problema, cuando se ha vivido toda la vida tratando de cumplir las expectativas de la familia, de las parejas, de los colegas, de los amigos, la confusión de los cincuenta años no es precisamente por las hormonas, sino porque posiblemente nunca has hecho realmente lo que has querido ser. El pretexto de ser una disminuida te da la oportunidad de rehacer, desandar la frustración acumulada, romper o poner distancia con la familia heteroparental y de coincidir con esas otras personas que como tú también son unas disminuidas por ser lo que son, sin filtro.
———
Disminuido es también una categoría que propone uno de mis estudiantes de filosofía (link: https://ecologiadelafecto.blog/2024/06/05/carta-de-un-disminuido-a-un-monstruo/). En este texto no empleo la categoría de disminuida en los términos ni las experiencias de vida de alguien que nació con parálisis cerebral, sino como un proceso de disminución de la producción hormonal en el cuerpo de una mujer y en su potencia de afectar y ser afectada. 

28.5.24

Entrenando para un 5K en alberca

Este año cumplo 50 otoños y decidí celebrarlo haciendo lo que más me gusta: nadar y escribir. Afortunadamente ya empiezan las vacaciones de verano en la universidad y el siguiente semestre tengo medio sabático, de otra manera sería casi imposible disfrutarlo, para ello necesito tiempo libre. 

El reto a vencer: nadar 5K, cinco mil metros en alberca de 50 metros en una sola sesión, y escribir cada día de entrenamiento una entrada en este blog. Evidentemente no empiezo de cero, he nadado y escrito toda mi vida, pero los últimos años he sido bastante poco constante con los entrenos y la escritura. 

Primeros pasos:

1. Tener una meta clara y realizable en el tiempo deseado, da igual si eres nuevo en la natación o no.

2. Decidir si quieres entrenarte en solitario o en grupo. Los seres humanos somos animales de manada y nos gusta hacer cosas en conjunto. Entrenar en grupo, sin duda, favorece la motivación, la competitividad, especialmente cuando cuentas con un entrenador que media y resuelve los conflictos que se pueden llegar a dar dentro del grupo, al tiempo que te reta en lo personal para mejorar tanto en técnica como en el aspecto mental.

3. Si te decantas por entrenar sola, como yo lo hice, la motivación también debe ser muy clara y quizá algo que puede ayudar consiste en comprender que la natación, a diferencia de los deportes de grupo, siempre es en solitario: sintiendo el agua, escuchando el silencio y silenciando el aburrimiento, el cansancio, incluso la frustración.

4. Decidir si quieres tener un entrenador presencial o a distancia. Yo me decidí por uno a distancia, después de entrenar con varios en presencial. Encontrar un entrenador no siempre es sencillo, por eso no tengas temor a dejarlo si no te sientes cómoda con su actitud o con los entrenamientos que te pone. Nadar debe ser un disfrute no una obligación.

5. Confiar en tu entrenador: tener buena comunicación, que esté al tanto de tus avances y, sobre todo, que no te desaliente con comentarios como "no eres suficiente buena", "tu técnica no es la mejor", "no eres dedicada", "no lo vas a lograr", "te falta entrenar", etcétera. Si te topas con un entrenador/a de este tipo, recomiendo que salgas corriendo de inmediato. 

6. Tener una rutina de entrenamiento; es decir, estar consciente de la hora y los días que vas a nadar y el equipo que vas a necesitar en cada sesión. 

7. Estar consciente que cada entrenamiento va a ser bien distinto al anterior. Algunos días sentirás que eres una mantarraya, otros una tortuga: ambos animales de mar saben sacar provecho a sus habilidades.

8. Escuchar y conocer tu cuerpo. Aunado a estos dos retos, agregaría uno más: el hecho de estar en modo perimenopáusico y lo que supone la montaña rusa hormonal que he experimentado los últimos años, un claro indicio de que mi cuerpo está cambiando drásticamente y me tengo que acostumbrar a experimentar esos cambios, en lugar de querer controlarlos.

9. Desarrollar una técnica para mitigar el soliloquio mental, sobre todo cuando nadas sola y cuando entrenas distancia. Lo que a mí me funciona es recitar un mantra budista que aprendí cuando andaba en búsqueda de mi ser. Evidentemente no lo encontré en el budismo, sino en la natación. Con cada brazada, da igual el estilo, recito un fragmento del mantra de la compasión: OM MANE PADME HUM. Compasión entendida en la tradición budista como el deseo que el otro y yo misma me libere del sufrimiento y pueda amar: amar lo que soy junto con mis diferentes modos de existencia. 

10. Compasión es lo que resume estos diez pasos, compasión con el cuerpo, con cada día de entrenamiento, con cada reto que nos pongamos en la vida, con la vida misma y con quienes quieran compartirla. Una ética y una ontología de la natación.

6.5.24

"Why your rating matters"

Los últimos dos viajes que realicé en Uber (del hotel al aeropuerto de Monterrey y del aeropuerto de la CDMX a mi casa en un mismo día) fueron bastante incómodos porque en ninguno de los dos autos funcionaba el aire acondicionado, eran modelos viejos y el segundo auto además desprendía un olor a gasolina que se fundía con el olor del asfalto recién empleado para pavimentar Viaducto. Le pregunté al chofer por el aire acondicionado y me contestó que lo sentía que por ahora no funcionaba. 

Al dejarme en mi destino busqué dónde poner una queja y sólo atiné a llenar la opción que te da la aplicación para evaluar el viaje. Luego le piqué a mi usuario y ahí me di cuenta que mi rating de viajera-usuaria es de 4.6. Lo comparé con el de Claudia que es de 4.8 y me quedé boquiabierta. Me explico: cuido mucho no azotar la puerta del auto cada vez que me subo y bajo, no dejarme caer como costal de papas en el asiento, no cruzar las piernas para no ensuciar la tapicería de enfrente, saludo y me despido cortésmente, nunca como en los viajes y mucho menos dejo basura, pero no puedo evitar poner cara de disgusto si el auto al que me subo está sucio o huele a encerrado. No platico con los choferes, pero tampoco les niego una respuesta si me preguntan algo. Es decir, la calificación que yo me pondría sería de cinco como usuaria de Uber, atendiendo incluso la misma definición que podemos encontrar en la aplicación.


"El rating es una muestra de que la gente disfruta pasar tiempo contigo-conmigo". Romantizar el servicio es la falacia más empleada de "los empresarios de sí mismos" que trabajan en el delivery por necesidad, por falta de empleos y mejores condiciones salariales y laborales en el país y en el mundo. Pero el rating mide todo en nuestra vida, ya lo observábamos en un episodio de Black Mirror, serie inglesa que causó furor hace algunos años, en alusión al reflejo de nosotras mismas en la pantalla negra del celular, donde no contar con suficientes likes te imposibilitaba incluso para pedir un crédito hipotecario y te aislaba de participar en eventos sociales donde todos conviven viendo su celular.


La percepción que podemos llegar a tener de la gente sin duda es nuestro motor para entablar una relación afectiva o laboral, pero el rating como un sistema de evaluación constante en el que estamos obligados a interactuar no necesariamente es una medición del cuidado, de la justicia, del hacer ciudadanía o de terminar con la explotación, sino un parámetro voraz de alienación al sistema digital. 

22.4.24

Mi relación con el Popocatépetl

Quiero escribir algo más largo sobre lo que ya de adulta empiezo a hilvanar con los flashazos de recuerdos que en oleadas de nostalgia empiezan a ocupar mi relación con la naturaleza. Recuerdos que aparecen al observar los gestos en las fotografías, las oraciones en la mirada o la gramática del afecto familiar. Hace unos días una amiga me dijo con sorpresa que era la segunda persona que conocía que había subido al Popocatépetl, volcán emblemático de la mitología nahua y un referente para quienes habitamos la Ciudad de México. 

El Popo es un volcán que nunca ha dejado de estar activo, haciendo alusión a la leyenda de su creación: un guerrero, Popocatépetl, manda construir una tumba donde sepulta y vela a su amada, Iztaccíhuatl, la princesa tlaxcalteca que muere de tristeza al enterarse de la supuesta muerte del guerrero en batalla. A diferencia de Romeo y Julieta o de Píramo y Tisbe, la amada no se quita la vida y el guerrero, el amado, se inmortaliza con la leyenda y con la actividad del volcán al que está prohibido subir desde 1994. Un año crucial para México y sin duda para mí propia reflexión intelectual. 

La familia de mi padre es originaria de los alrededores de los volcanes, entre Amecameca y Ayapango, Estado de México. Los diversos poblados con los que colindan hacen frontera con la reserva natural. Una reserva que en las últimas décadas ha estado expuesta el ecocidio tanto de las autoridades, los pobladores y el crimen organizado. Una imagen distópica de mi mirada infantil de los tiempos en los que subir al Popo era una manera de entretenernos y mantenernos ocupados. Fuimos cuatro hijos y ofrecernos el poder ser libres fue como mejor entendieron mis padres nuestra educación. 

La libertad de esa época, en los años ochenta del siglo pasado, con mis seis u ocho años, consistía en llevarnos al volcán y dejarnos libres. Subir lo más alto que pudieramos una vez que hacíamos base en Tlamacas, el refugio que sigue cerrado desde 1994, donde llegaban alpinistas de cualquier lugar del mundo. Una vez arriba nos dejábamos caer por las faldas del volcán con la inercia del peso de nuestro propio cuerpo. Regresábamos empanizados a la casa de campo de Atlautla, otro poblado que colinda con los volcanes, que mi padre tuvo a bien construir hace más de cuarenta años. Con tierra oscura y fina metida entre la ropa, las narices, los ojos, las orejas y demás orificios de nuestro cuerpo, nos reíamos de la hazaña con la esperanza de regresar pronto a tocar algún día la nieve. Sólo una vez lo logramos y fuimos muy felices.

Tlamacas, foto de internet.

Subida al Popocatépetl, años ochenta del siglo XX.

Tlamacas, años ochenta del siglo XX. Debo ser la del jorongo amarillo y mi hermano el del jorongo rojo.
 

Así podría empezar la historia que me interesa contar. Este es sólo un avance aprovechando que es el día internacional de la madre tierra.


8.4.24

Dos mujeres una presidenta: ¿quién ganó el debate?

Empiezo con la siguiente reflexión: ya estoy deprimida por los siguientes 6 años de Claudia Sheinbaum en la presidencia. 
Ayer fue el primer debate presidencial: dos mujeres una silla y al parecer ya está cantado, cantadísimo, el resultado de las elecciones del 2 de junio del presente año, por más que quiera seguir alimentando la esperanza del cambio. El cambio ha sido mi convicción para votar en las elecciones desde que empezó el siglo. A manera de consuelo me repito qué bueno que no me gustan los juegos de azar porque ya hubiera perdido todo. 
Le reconozco a Claudia su ambición por ser presidenta, una ambición distinta a la de Xóchitl. Una ambición que suma más seguidores incluso. La ambición de Claudia la conozco muy bien, es la misma que se vive en la academia. Cuando eres hija de académicas, intelectuales, políticos o la combinación de los tres, ya tienes más de medio camino de ventaja con respecto a la competidora que nació en precariedad, con carencias educativas o en una familia proletaria no intelectual. Una ventaja simbólica, política importantísima que te da tener acceso a las bibliotecas familiares, a los viajes en el extranjero, al dominio de otros idiomas desde muy niña, a la posibilidad de dedicarte a estudiar lo que sea y, especialmente, al tener una red de relaciones públicas ya dadas. Claudia pertenece a ese sistema, Xóchitl no: esa es una pequeña gran diferencia para que las ambiciones (de poder) de las personas en este país se hagan realidad. 
A Xóchitl, por su parte, le reconozco, incluso le admiro, su ingenuidad, pensó que podía hacerlo sola, como lo ha hecho toda su vida, pero no le alcanzó ni el capital político ni su propio capital humano. Para ser presidenta de México no es suficiente con ser la empresaria de sí misma que logró salir de la pobreza de su infancia, mucho menos cuando la gente ambiciona más de lo que los buenos ejemplos pueden mostrar o enganchar. 
La gente en México no quiere presidentas luchonas porque la población lucha todo los días para llegar al mes. La gente en México quiere votar por la presidenta que irradie una imagen presidencial (sic). Esa fue una de las conclusiones de ciertos académicos en una mesa de debate postdebate. ¿Qué es una imagen presidencial? Ser soberbia, autoritaria, grosera, burlona, como se presentó Claudia ayer con respecto a Xóchitl. ¿Dictar cuándo se habla de los feminicidios, de las violencias que sufrimos las mujeres y cuando no? ¿No contestar ni hacerse responsable de omisiones o negligencias criminales como en diferentes momentos fue increpada? Pues sí, esa es la gente que ocupa los espacios de poder en este país y otros.
Al terminar el debate no pude más que sentirme identificada con Xóchitl: sentir esa rabia controlada de querer hacer las cosas mejor y darte cuenta que quizá esa batalla ya estaba perdida mucho antes: cuando la sinceridad, la honestidad, la vulnerabilidad y las carencias de vida no son suficiente para convencer a la población de que un México mejor para todos y todas es posible.

20.3.24

El agotamiento de habitar la CDMX

Sentir agotamiento no es igual a la sensación de fatiga. El agotamiento es un tipo de cansancio crónico del que a veces no me puedo recuperar ni con las horas de sueño. El agotamiento de habitar una ciudad tan compleja como la CDMX o en general cualquier ciudad. Aunque parezca una mala idea quejarse del ruido de la ciudad en las redes sociales, ese ruido que ya es imperceptible para quienes estamos acostumbrados, son los nómadas digitales que están gentrificado los barrios quienes nos dejan ver que no es normal el número de decibeles en el que cohabitamos. Como tampoco es normal el tiempo que pasamos en el tráfico en auto particular, ya no digamos en transporte público. 

Tampoco es normal vivir en una ciudad cooptada por la economía informal, particularmente en las zonas más hacinadas, ya no las más pobres, donde lo que impera no es la inseguridad, sino la falta de consenso para favorecer a las personas que las habitan. Zonas que carecen de áreas verdes, de banquetas para caminar, de un adecuado sistema de recolección de basura. Zonas que carecen de agua y han crecido allanando los cerros, talando los árboles, robándole terreno a las áreas naturales y dejando que el transporte concesionado se adueñe de las avenidas. Escenarios distópicos que observo cada tercer día que voy a dar clases a la universidad desde hace veinte años.

A esto se suma el estrés que hemos acumulado desde la pandemia, muchas pudimos quedarnos en nuestras casas, pero nos convertimos en esclavas del celular, del estar conectadas 24/7, un hábito que ha sido difícil erradicar porque la demanda del hacer-se presente, ya no sólo del hacer, también es parte del agotamiento colectivo. En la academia no estamos exentas, la convulsión de no dejar de escribir o de dar conferencias, clases y de organizar seminarios, es parte de ese agotamiento colectivo. Comemos mal, dormimos mal, amamos mal. Nos queda poco tiempo para el tiempo libre, para favorecer la calidad de vida, para tomar vacaciones, para hacer un picnic, para exigir a nuestros gobernantes que no abandonen los pocos espacios que tenemos para disfrutar al aire libre. 

Hace ya varios años, con la contaminación atmosférica, empezamos a observar que los pájaros en la ciudad caían muertos en el asfalto. No quiero sonar fatalista, pero la analogía funciona para prever que a nosotras nos puede pasar igual con el agotamiento si no regresamos al cuidado colectivo, si no proponemos una ecología del afecto.

11.3.24

Han pasado cinco años de tu muerte

Carta a mi hermano muerto

Es más, la paz es tan deliciosa 

que la Verdad la llama alimento glorioso.

Marguerite Porete

Han pasado cinco años de tu muerte. Puedo decirte con toda seguridad que estoy mejor que aquel lunes 11 de marzo de 2019 en el que me informaron por teléfono que te habían matado. No voy a negar que los momentos malos fueron muy malos, que nunca había sentido mayor tristeza que con tu muerte. Tristeza que con los años acrecentó mi ansiedad y poco a poco se convirtió también en depresión. Una depresión que tampoco había sentido nunca. La depresión de tener que aceptar que no habrá sentencia para tu asesino por lo doloroso del proceso en sí mismo. Tu muerte vino a cambiar todo, mi propia vida, la vida familiar. Tu muerte abrió la caja de pandora de lo no dicho, esos silencios que nos opacaban para estar bien y para ser nosotros. Con tu muerte me hice de una perra adorable, Ramona, y también aprendí cosas nuevas, como a hacer el trabajo de duelo y a no pasar página o a guardar silencio. El trabajo de duelo se juntó con el confinamiento y con otras pérdidas. De todas ellas he salido bien librada. Logré recuperar las riendas de mi vida y la ganas de seguir viva. Me casé con una mujer maravillosa, Claudia, con la que seguramente te llevarías muy bien. Me hubiera gustado que se conocieran, como también me hubiera gustado verte envejecer. Esos son los momentos en los que realmente te extraño y es más real tu muerte. Pude hacerte justicia a mi manera, escribiendo, como lo hago ahora y eso por fin me da calma. La calma con la que pienso vivir el resto de los años sabiendo que estamos en paz. 

Hasta otros atardeceres, Arturo.





26.2.24

Hábitos

Dejar entrar a los perros en la habitación. Darle los buenos días a mi esposa. Tomar café en la cama. Abrir el periódico en la aplicación. La situación en el país no mejora, se vienen tiempos difíciles, pienso cada día con la intención de que a la mañana siguiente sea capaz de quebrantar la rutina. 
Reviso el portal de tres periódicos, corroboro que la nota es la misma, solo cambia el enfoque o la pericia de la escritura. Por curiosidad abro la entrevista del gurú que afirma que todo lo estamos haciendo mal con respecto a nuestros hábitos de comer, de dormir, de estar en el mundo. La periodista, entre queriendo quedar bien y siendo ocurrente, empieza la entrevista comentando que no durmió sus ocho horas y ya se tomó un café para llegar a tiempo a la entrevista. El gurú concede al gesto introductorio. 
Ayunar, tomar el sol, dormir siete horas mínimo, activar el reloj para que cada 40 minutos de estar sentado te pares a hacer sentadillas y algunas otras recomendaciones más son las que se pueden abstraer de la nota. Pienso en que la tarde anterior me acosté a las seis a ver una serie y no dejé de verla hasta casi la medianoche. Me desperté a las cinco, me tomé un café con galletas marías y sigo en la cama.
La inmortalidad y la eterna juventud, lo que a bote pronto me resonó de la entrevista, del posturismo del gurú que puede tomar el sol en playas paradisíacas. Playas a las que no tienen acceso la mayoría de las personas en el mundo. Personas que carecen de tiempo para parar cada 40 minutos, ayunan por necesidad y después de una jornada laboral agotadora se meten un atracón de carbohidratos que les inhibe el sueño.
El gurú hace afirmaciones como que no podemos comer leguminosas todos los días, que ese fue un alimento de posguerra que nos quitaba el hambre, se puede espaciar su consumo para evitar las flatulencias. No pude evitar sonreír mientras leía la entrevista. ¿Cuántas veces nos han dicho que nuestros hábitos nos son los correctos para perpetuar nuestro estar en el mundo, pero de verdad eso es lo que queremos?


17.2.24

Amanece lloviendo

Amanece lloviendo

la rutina de sacar a los perros se nos descuadra

a Ramona no le gusta mojarse

es febrero, no tendría porque llover, pero se agradece

Lo que sea agua en la cdmx es un respiro para la sequía

la del alma

la del cuerpo

la que ha dejado la corrupción y la violencia

La gotas en la ventana

el vaho de la madrugada

señuelos de la vigilia

del sueño

de la pesadilla

Vomitar hasta saciarse es depurar el inconsciente

o eso quiero interpretar 

Desperté alterada

una señora que cumple años me pide dinero 

a cambio de los recuerdos de la infancia

Un terreno inhóspito

el del recuerdo

no en el que pasamos los fines de semana

Subíamos al Popocatepetl

contabamos historias 

dejábamos el asfalto

corríamos por el campo 

libres

sin ataduras

Recuerdos

sueños que se lleva el agua

Amanece lloviendo

no podemos sacar a los perros

5.2.24

¿Renta o hipoteca?

Ser una peterpana por elección es una decisión difícil de sobrellevar. Logré no tener ataduras financieras reales hasta que hace cinco año me decidí por una hipoteca de esas que cuando ves la corrida financiera te vas de espaldas. Pensar a largo plazo de repente se volvió no solo un dolor de cabeza, en su momento también me dio vértigo. Mientras firmaba las escrituras y el crédito pasaban por mi cabeza esas imágenes de los gastos, de los viajes, de los sueños que ya no iba a poder realizar. Desde hace cinco años la mitad de mi sueldo se lo come la hipoteca, la otra mitad el mantener un estilo de vida cómodo.
Durante estos últimos cinco años la queja perpetua, el conflicto interno, de si había tomado la mejor decisión, de si realmente podría aguantar, ya no sostener, los años que me faltan para liquidar la hipoteca, de si no era más bien una ideología heredada de mis padres la que me llevó a embarcarme en un proyecto de esta naturaleza cuando mi relación más larga hasta hace poco había sido de dos años nada más y cuando estaba acostumbrada a cambiar de auto cada dos años o a desmontar casas, a empacar todo y migrar, ya fuera para estudiar en otro país, porque el barrio no me acomodaba, porque tenía sabático, porque me juntaba con alguien.
Así pasé los últimos cinco años, incluso en la terapia lo llegué a enunciar, pero nunca tuve ni buenas razones para claudicar ni tampoco buenas razones para dejar de quejarme hasta ayer que me sugirieron vender el departamento, capitalizarme y pagar renta para hacer otros proyectos. Lo mismo que te sugieren en Tik Tok. Obviamente sonaba un buen negocio en la cabeza de quien nos estaba genuinamente recomendado esa opción a Claudia y a mí, ahora que estamos buscando opciones para construir una casa en el campo. Incluso mientras paseábamos a los perros lo comentamos y hasta a nosotras, que somos un par de aceleradas, nos pareció una excelente idea.
Cada una a su manera lo meditó por la noche, con la almohada, como se dice coloquialmente, y, al despertar, las dos coincidimos: no es para nada una buena opción vender para invertir y vivir rentando. Finalmente, me cayó el veinte que la decisión que tomé hace cinco años con la hipoteca es y será una muy buena opción. No sólo porque para cuando la terminé de pagar me estaré jubilando y seguramente el precio del departamento se habrá triplicado y le habré ganado a la hipoteca, sino también y sobre todo porque puedo pagarla, porque tengo un trabajo que me permite hacerlo y tengo todavia manera de incrementar mi sueldo durante los siguientes diez años.
Entonce, rentar o hipotecar siempre es una decisión (estoy muy consciente del verbo decidir gracias a una plática reciente que tuve por zoom, ya escribiré de ello en otra entrada), una decisión que depende única y exclusivamente de si puedes o no pagar la hipoteca, no necesariamente del estilo de vida. Ser peterpana lo decidí hace mucho tiempo y lo sostengo, una decisión que no depende de si tienes o no la propiedad, depende de si tienes la voluntad para no ceder a la ambición de acumular más y de saber vivir con lo que te acomoda.

28.1.24

La depresión social es un padecimiento invisible

I

Llevo ya varios años haciendo análisis y durante las últimas sesiones le insistía a mi terapeuta, con quien trabajo semanalmente por vía telefónica desde la pandemia, que no sabía si iba a volver a ser yo, la de antes, la que no tenía miedo, la que no tenía ansiedad, la que disfrutaba la vida, la que se aventaba como el borras a recorrer el mundo y a cruzar fronteras. 
Lo decía con nostalgia, como si esa persona que fui y que sé que está en mí se hubiera muerto con la muerte de Arturo, con la tristeza, con el vacío. 
La analista obviamente solo asentía con un murmullo o un silencio prolongado, es lo que tiene el análisis y el aprender a escuchar/sentir a la persona que está del otro lado del auricular. La respuesta a la pregunta en realidad sólo la puedo tener yo, es lo que seguramente la analista esperaba que abstrajera, sintiera en algún momento.

II

Nunca se me ocurrió que el padecimiento de los últimos años fuera una depresión social que en realidad tiene poco que ver con el asesinato de mi hermano. Me explico, el duelo, el trauma lo fui trabajando en el análisis disciplinadamente, escribí mucho, lloré mucho, me dolió y me sigue doliendo de distinta maner su muerte, pero fue ese acontecimiento el que posibilitó la abstracción de otros padecimientos, de otros espectros.

III

Por depresión social no me refiero al miedo a expresarse en público, a eso me dedico desde hace mucho tiempo y me encanta. Soy una extrovertida de closet en realidad. Me refiero a algo más sutil, imperceptible para muchas personas. 
¿Cómo se manifiesta? ¿Qué sentimientos involucra? ¿Cómo se identifica? Obviamente hablo, escribo, a partir de mi propia experiencia. La depresión social es un padecimiento invisible que muchas veces confundo con ansiedad. Conozco ambos, los he padecido, me he regodeado en ellos, por ello puedo afirmar que son distintos. 


IV

El padecimiento (y no la enfermedad, otra diferencia importante en mi caso) consiste en carecer de las herramientas emocionales para gestionar los estímulos externos.
Lo que descubrí con el análisis fue que la carencia de una afirmación de singularidad desde mi infancia me limitó para hacerme de una caja de herramientas afectivas que me permitieran gestionar los estímulos externos.
A qué me refiero con estímulos externos: bullying familiar, acoso laboral, homofobia, misoginia, clasismo, racismo. Mecanismos muy sofisticados de desaprobación, de control, de dominación, de explotación a los que estamos expuestos constantemente. La diferencia es que hay personas que los saben gestionar mejor que otras.

V

¿Por qué depresión y no ansiedad? Después de la muerte de Arturo busqué refugio en espacios, en colectivos, en actividades que me permitieran seguir adelante con mi vidad, pero me topé con el juicio, con la mirada crítica, con la vergüenza que muchas veces me hicieron sentir las otras personas por el asesinato de mi hermano, como si hubiera sido mi culpa o como si me lo mereciera. Nadie se merece que le maten a un ser cercano, querido, a un familiar. 
Con los meses fui rompiendo con esos colectivos, con esas personas que consideraba mis amistades más cercanas y fui rompiendo incluso con mi propia familia. Un duelo tras otro. La diferencia es que es más fácil hacer el duelo con la muerte que cuando el colectivo al que dejas ir sigue siendo un referente en tu cotidiano. 
La depresión social, en mi caso o como yo la nombro, se manifestó ya no solo con la taquicardia, la hipocondría, la hipersensibilidad a la luz, al sonido, a la gente, también como desvanecimiento de mi ser, una necesidad de desaparecer o de hacer black out. Una forma de suicidio social, existen muchas otras.

VI 

La huida nunca es la solución porque la huida genera más ansiedad. Fui sintiéndome mejor cuando pude gestionar los estímulos externos con mi caja de herramientas afectivas. Una caja que incluye mucho amor por el ser vida, por la afirmación de mi singularidad, por los afectos y la generosidad de las personas que se quedaron sin juzgar; un acompañamiento hospitalario de aquello que par mí es la amistad. A ellas/ellos, que son pocos, muchas gracias.

VII

El síntoma del padecimiento desapareció finalmente. Cómo lo sé, en la expresión de mi cara: se han suavizado mis gestos. He dejado de tener atorada la ansiedad en la garganta. Amanezco cada día con la ligereza del alma que me da la certeza de saberme viva y amada. Improviso, hago chistes, me río. Los estímulos externos siguen ahí, ahora he aprendido a gestionarlos.