19.4.16

#297 Crónicas de viaje: Israel-Palestina

Día 7

I
Había decidido ir a la playa, a tomar el sol y nadar un poco en el mar (llevaba meses sin estar en el agua, el mar muerto no cuenta), previo al último tour que había contratado, ahora para conocer Tel Aviv. Tomé un café con pan, escribí un poco antes de salir. Esta vez no compré jugo porque pensaba desayunar algo en la playa. Shorts, bikini, toalla. Caminé hasta la parte israelí. Error. Hubiera sido mejor quedarme en la parte de Jaffa. Llegué temprano, alquilé sombrilla y camastro. Me recosté a contemplar el mar. Pasaron un par de horas y la playa empezaba a estar repleta. Ya me había remojado un par de veces, el agua fría fría que seguramente ayudó a la circulación había templado mi cuerpo. Tenía hambre, me acerqué al quiosco a pedir algo. El camarero mal encarado hizo como si no comprendiera mi pregunta sobre si vendían comida, le volví a preguntar. Negó con la cabeza y se giró. Regresé al camastro, ya empezaba a estar un poco engentada, había escogido la playa "familiar". Una escena peor que en la familia burrón, chamacos por todos lados gritando y aventando arena. Al principio me parecieron simpáticos, después los quería borrar a todos de mi espacio vital. Ya no digamos a los adultos, gritones, invasivos y sin considerar mi presencia a su lado. Los de la izquierda, que eran dos, al final terminaron siendo ocho, en el mismo pedazo de arena que tenían desde el principio. A su lado un grupo de señoras mayores con el bronceado de la anciana que sale en la película de Loco por Mary. A mi derecha, un grupo de adultos panzones comiendo semillas y escupiendo la cáscara en la arena. Atrás familias con hijos, más atrás familias con más hijos.

II
Era temprano, todavía me quedaban un par de horas antes de ir al tour, decidí pedir algo de comer al camarero de la playa. Me prestó el menú y pedí lo que entendí, es decir "sandwich de pollo...". Obvio no leí lo que venía después de los tres puntos o si lo leí no lo entendí. Me entregó un pan pita partido en dos relleno de vísceras de pollo con mayonesa preparada y una ensalada de pepino a lado. Cuando lo vi pensé que era carne y se había confundido, pensé en comérmelo y no decir nada. Conforme le fui agarrando el sabor me di cuenta que me estaba comiendo los riñones, el corazón y lo demás que se pueda comer del pollo. Me terminé la primera mitad pero ya estaba un poco asqueada (y eso que soy de buen comer). Todavía tenía hambre y pensé en comerme la segunda mitad, lo hubiera hecho si no lo hubiera abierto, lo primero que vi un corazón (grande) de pollo. Me dio asco, lo cerré y me comí el pepino picado. Hasta la cebolla me hizo feliz. El sabor al principio lo había disfrutado pero la consistencia chiclosa hizo imposible que terminara de comerlo.
Me puse los audífonos para aislarme de la gente con poco éxito, en los diez centímetros que quedaban entre mi camastro y la silla de la derecha pasaban los niños mojados que salían y entraban al agua. A veces también los papas gritando que no se metieran tan al fondo. Ví el reloj y pensé que todavía tenía tiempo y que quizá podría meterme una vez más al agua. La playa de Tel Aviv es como la de Tampico, caminas y caminas y caminas y como cincuenta metros después empiezas a flotar. Pensé en mojarme solo los pies y terminé mojándome todo el cuerpo. Regresé por mis cosas y huí. No podía más, en México le hubiera avisado a los de junto que me iba, por si querían ocupar el espacio. Aquí me daba igual, el espacio iba a ser del más gandalla. Inmediatamente pensé: los israelíes en algún momento van a terminar corriendo a los palestinos y cuando no tengan un enemigo en común van a empezar a matarse entre ellos. Me dio pena. Sobre todo porque este conflicto es de muchos y muchos gobiernos son responsables de la injusticia histórica con una comunidad particular.

III
Regresé al hotel, me bañé y salí para el punto de encuentro, nuevamente la torre del reloj de Jaffa. Eramos solo tres los apuntados al tour, tendría que haber cuatro para salir. Tenía ganas de que se cancelara. Estaba insolada. Al final el guía decidió que lo hacía con los tres que estábamos, un italiano, una argentina y yo. En todo el camino no hablamos entre nosotros, solo nos dirigimos al guía. No sé si el efecto de invisibiizlar al otro ya lo habíamos adoptado. Lo cierto es que yo ya iba con la reserva de la batería y mi cuerpo andaba en automático. Nuevamente nos contó la historia de una ciudad que tiene a lo más cincuenta años de existencia, que ha tirado todo el pasado de otras culturas y que empieza a tirar parte de su propia historia, o sea, no hay mucho que ver en Tel Aviv, salvo algo de Art Decó, de Bauhaus y otro tanto de lo moderno contemporáneo. Aun así el guía hacía narraciones extensísimas de la grandeza judía. Sólo veía el reloj, me parecieron las dos horas más largas del viaje. Me distrajo la pistola que traía en la cintura. Pensé en preguntarle si era necesario cargarla todo los días pero me contuve varias veces, solo lo observaba y observaba su pistola cuando iba detrás de él. No se dio cuenta que se asomaba hasta tiempo después e inmediatamente la cubrió con su playera. Terminamos en tour y tenía que volver a Jaffa, era otra media hora de vuelta y no me quería perder. El guía dijo que enseñaba el camino de regreso, por un momento estuve a punto de decirle que no, pero estaba tan cansada que acepté.

IV
El regreso fue mejor. Con mi actitud de ignorante no politizada pude hacerle todas las preguntas que tenía. Obviamente la actitud de macho-blanco-colonizador afloró y contestó todas mis dudas con un cinismo impecable. Militar, capitán de 58 años, que había trabajado para el gobierno en Estados Unidos. Supongo que retirado, pero también una forma de espía, tener contacto con el turismo e identificar los posibles terroristas. Como maestro de primaria fue exponiendo cada parte de lo que le preguntaba. Cómo viven el día a día, me acordé no solo por la pistola, sino porque en la comida del día anterior me habían comentado que después de un atentado quedas sensible y no te dan ganas de salir a la calle, sobre todo a los lugares donde se concentra la gente. Me contestó que el no vive con miedo, que ahí no pasa nada, que tiene su rutina, llevar a su hija al colegio, recogerla, trabajar. Ese es su día día. Le pregunté sobre el conflicto, dijo que el conflicto está en Jerusalén, en el dominio de la Mezquita. A ellos les preocupa la comunidad que vive ahí, no la que está del otro lado de la frontera. Sobre los territorios ocupados y la expansión del dominio israelí contestó que de momento no piensan  controlar más. No le creí. A diferencia de Mohamed, que se burla de la frontera israelí porque dice que solo sirve para encerrar a los judíos, al guía le parece natural, es una forma de delimitar el territorio y protegerse. Se burla de la intervención estadounidense, dicen que no entienden nada del conflicto, que de principio los acuerdos se deben firmar en árabe, no en inglés como ellos quieren. Sobre la convivencia fronteriza dice no haber problemas, la lengua común es el inglés, la que se enseña en las escuelas además del árabe o el hebreo, según la comunidad a la que pertenezcan los alumnos. Me regaló un separador de libros con los diferentes rompimientos históricos y ocupaciones del territorio desde la era de piedra (5800 adc) hasta 1948, que es cuando la ONU determina la ocupación de la mitad del espacio para los judíos (lo que sería Israel). Me explicó cada época. O sea que el regreso de media hora se convirtió en un hora, lo cual le agradecí como investigadora, aunque nunca se lo dije. Una vez que terminó de explicar la línea del tiempo que seguramente el había diseñado, sonreí y le dije que entonces después de Israel seguramente vendría alguna otra comunidad, parece que esta tierra al final no es de nadie. Sonrío sin ofenderse pero dejó de ser elocuente el resto del camino. Ya faltaba poco para llegar al sitio donde había estacionado su auto, así que nos despedimos, no sin antes agradecerle su tiempo.

V
Comí un sushi, no podía más con el humus ni el falafel ni con las vísceras de pollo. Pasé por unos panecillos para tomar café en la terraza y no salí hasta el día siguiente.

Foto: Roxana Rodríguez



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